viernes, 10 de marzo de 2017

El dragón dorado


Caminaba con paso firme por el pasillo del palacio, su mirada felina reflejaba una rabia implacable en la que se intentaba ocultar, sin mucho éxito, un temor abrumador. Sus pasos clamaban un eco sordo. No dirigió su mirada a ningún lugar que no fuera al frente, pero sabía que entre las sombras merodeaban los gárdiyans del kai Kefali. Finalmente llegó al frente de una plataforma de tres escalones, en medio de esta estaba parado, de espaldas y con los brazos cruzados, un hombre mirando por el inmenso ventanal del fondo que no reflejaba más que oscuridad y algunos luceros tenues de diversos colores que nadaban en esa penumbra, apareciendo y desapareciendo.
     —Hola, Raan Suu… —habló el kai con cierto tono que no se sabía si era el preludio de una cólera desquiciada o algo peor.
     —Gran kai —dijo Raan quitándose el sombrero, se inclinó rodilla en tierra.
     —Levántate Raan —dijo el kai con sinuosa calidez—, saltémonos las formalidades por un momento… habla...
     Raan se levantó con temor, miró mudo al kai que aún le daba la espalda. El silencio era intenso.
     —Vimos a Jackirid, el sombrero, el dibujante y un muchacho en la Gruta de las Rocas, estuvimos a punto de atraparlos pero en último instante escaparon por un portal —Raan hizo una pausa con temor esperando alguna respuesta, nada—. Luego fuimos informados, por un ka vigía, que los vio en el camino al Dolina Snova      
—el kai sin decir nada bajó los brazos y se tomó las mano por detrás, Raan sintió como si una oscuridad comenzaba a arroparlo, notó la presencia de los gárdiyans muy de cerca, se sentía abrumado.
     —¿Y qué pasó? —preguntó el kai.
     —Lle-llegamos —ya no podía ocultar su temor—, pero sólo algunos guerreros ka alcanzaron a ver al muchacho saltar por el muelle. Jackirid y los demás ya no estaban allí, asumo que también habrán saltado. Dudo mucho que pudieran salvarse —la oscuridad empezaba a nublar a Raan y el miedo lo invadía, sentía que se estaba ahogando, el kai ni se inmutaba.
     —¡Gran kai! —se escuchó un grito al fondo del pasillo.
     El kai se giró con rabia mostrando su aspecto mefistofélico realzado por el deel negro que lucía, miró, era un guerrero ka, Raan Suu se ahogaba envuelto por tres pequeñas nubes negras que revoloteaban a su alrededor, el kai hizo un leve gesto y el guerrero se acercó a toda velocidad. Postrado frente al kai hablo.
     —Gran kai todopoderoso, el muchacho ha sido visto en la taberna en estado de inconciencia con el mago y los demás —habló el guerrero con diligencia.
     Raan Suu cayó al suelo tosiendo incesantemente y los tres gárdiyans que lo atormentaban se alejaron; el kai sonrió mirándolo con desdén:
     —Parece que tendrás otra oportunidad, Raan Suu —dijo dándole la espalda de nuevo, cruzó los brazos y se quedó mirando al ventanal nuevamente—, confío en que no me volverás a fallar… pero, esta vez te ayudará una persona que te resultará algo… familiar…
     De entre las sombras emergió, desbordando sensualidad, una hermosa rubia de semblante audaz y vulpino.
     —Fiovana… —dijo Raan Suu por lo bajo, jadeando.




Dolina Kaprys
Matías Pisac

“Allí olvidan las almas
sus desengaños;
allí cantan y rezan
los ermitaños.”
Las ermitas de Córdoba – Antonio Fernández Grillo


I

—Jack, no podemos quedarnos mucho tiempo —comentó Gio mientras Jackirid lo colocaba en la barra y tomaba asiento—, es peligroso, nos están buscando.
     —Tranquilo, Gio —dijo Jackirid haciendo una seña a Rob, chascó los dedos y volvió a tener su atuendo de pirata, sacó de la nada la botella de ron—, en un momento nos iremos, primero hay que encargarse del peso muerto ¿cómo va eso Veher? —Rob colocó un vaso vacío en frente de Jack y este se sirvió.
     —Se pondrá bien —dijo Veher chequeando a Matías que seguía inconsciente—, necesito esto —le arrebató a Jackirid el vaso con ron de la mano, lo pasó por la nariz de Matías, no ocurrió nada, luego le echó el licor en la cara y el muchacho despertó aturdido, respirando agitado y mirando en derredor.
     —¡Despertaste! —comentó Jackirid animado, le quitó el vaso de la mano a Veher, sirvió ron y se lo dio a Matías que bebió sin reservas mientras se incorporaba.
     —Mierda… ustedes… —dijo Matías escrutando el sitio y a sus compañeros, se estrujó los ojos con una mano—, sigo aquí… esto no me puede estar pasando… —dijo para sí, golpeó la barra con el vaso e hizo señas a Jackirid para que le sirviera otro trago.
     —A mí también me alegra verte —contestó Jackirid con un dejo de ironía mientras le servía. Rob miraba silencioso e indiferente. Matías volvió a tomar desembarazado
     — ¿Qué ha pasado?, ¿cómo salimos de allí? —preguntó Matías.
     —¿No te suena esto? —Jackirid sacó de un bolsillo los pedazos del papel roto.
     Matías miró sin entender mucho, los revisó, unió las partes como un rompecabezas, Veher y Jackirid miraron con curiosidad, inclusive Rob dirigió una mirada discreta. Se vislumbraba el dibujo de un intento de portal y debajo una inscripción que decía “a la taberna de Rob”, era la hoja que traía consigo, su pésimo trazo para el dibujo y su letra, aunque temblorosa, pero no recordaba haber hecho nada de eso, no entendía.
     —No, nada. No entiendo —concluyó finalmente.
     —¿Qué es lo último que recuerdas de cuando estuvimos en el sueño? —preguntó Veher.
     Matías meditó un momento.
     —Habíamos perdido la visión del punto de vista de ¿Steward?... estaba comenzando a temblar y tú no podías abrir el portal.
     —La cosa es que tú me pediste que destruyera este papel cuando me lo entregaras y que te borrara la memoria unos cuarenta segundos —dijo Jackirid.
     Rob dejó escapar una risita.
     —¿Qué pasa, Rob? —preguntó Jack.
     —Lo siento, no quería entrometerme. Este muchacho es mucho más astuto de lo que parece —comentó Rob con su profunda voz como de locutor, luego se puso serio, miró a Matías a los ojos por un breve instante y se alejó con cierto asombro—, no eres un ffansio común y corriente… ¿en dónde estuvieron?
     —En un sueño —dijo Gio con severidad.
     —¡Ah, caramba!, eso no me lo esperaba… —dijo Rob no sin cierto asombro— osados… muy osados… hijo —se dirigió a Matías—, si no sabes cómo funciona todo este lugar te aconsejo tener cuidado con las libertades que te tomes, créeme, hay riesgos que podrían costarte la vida… o peor aún, la memoria.
     —A veces, mi buen Rob, cuando estás atrapado, los riesgos poco aconsejables pueden ser la única salida—comentó Jackirid con sobriedad.
     —Aquí el único riesgo poco aconsejable es conocerte —le replicó Gio—, yo fui claro al decir que no entráramos allí, pero tú eres un suicida irremediable.
     —¿Tienes algún problema con los suicidas? —preguntó Jackirid sardónico y casi riéndose.
     —Ninguno, mi problema es contigo que cuando tienes ganas de matarte quieres llevarnos a todos contigo —dijo Gio ya casi con rabia. Jackirid se carcajeó y el sombrero siguió reclamándole.
     —Riegos poco aconsejables… —susurró Rob, y sonrió, como dándose un mensaje a sí mismo y se dispuso a limpiar un vaso.
     —¿Podría decirme qué fue lo que pasó? —le preguntó Matías con gran curiosidad y cierta preocupación.
     —Le pediste al capitán que te borrara la memoria —dijo Rob dejando el vaso a un lado— y que luego destruyera algo que habías ideado para que se materializara ante ustedes, al menos eso es lo que me parece entender.
     Matías meditó el asunto un instante, su rostro se iluminó.
     —Bueno, era un momento de presión algo se me habría ocurrido, supongo, el sombrero me había explicado que esto es el Bárbarah y que aquí llegan las cosas olvidadas, ¿no?, además, también recuerdo que cuando estuve perdido en aquel bosque pensé que un camino como el del mago de Oz con mis huellas habría sido bastante útiles para guiarme a la salida… luego de un rato ya lo había olvidado y de pronto allí estaba… no lo sé —miró el papel—, para mí esto tiene sentido.
     —Sí, lo tiene, hasta cierto punto —comentó Rob—. Pero las cosas olvidadas caen en el Dolina Kaprys, no fuera de él —giró su dedo como señalando el lugar— y mucho menos en el Dolina Snova —tocó uno de los papeles que reposaban en la barra.
     Matías miró el papel sin saber qué pensar.
     —¿Y eso qué quiere decir? —preguntó.
     —No lo sé —dijo Rob encogiéndose de hombros y volviendo a su característica indiferencia, se giró y buscó algo que acomodar o limpiar de su lado de la barra.
     —Creo que me voy a volver loco —comentó Matías reclinándose en su asiento con un largo suspiro, le arrebató la botella a Jackirid y bebió de pico.
     —Bien, como sea —habló Gio—, es momento de irnos. No podemos quedarnos más.
     —Tienes razón —dijo Jackirid—, pero no pienso ir a más ningún lado hasta que Ed esté con nosotros.
     —¿Ed? —preguntó Matías.
     —Estoy de acuerdo, los riesgos cada vez son mayores —dijo Veher.
     Jackirid se paró de un salto y se colocó el sombrero. Veher y Matías hicieron lo propio.
     —Rob, mi hermano querido, sé que estoy en deuda contigo y eso, pero… ¿me darías crédito por otra botella?, es que este borrachín de aquí —le puso la mano en el hombro a Matías— más temprano que tarde hará que me quede sobrio.
     Rob se giró, miró al mago de arriba bajo, miró al muchacho y el papel roto en la mesa. Cogió una botella y la puso en la barra.
     —Puedes llevarte esta, pero yo me quedo con esto —agarró los trozos de papel antes de que Matías pudiera hacer nada, aunque no le dio tanta importancia y se los guardó en el bolsillo.
     Jackirid sonrió ampliamente, tomó la botella y la desapareció.
     —Y en cuanto a ti, amiguito —se dirigió a Matías—, necesitas un atuendo más acorde.
     —Ay no… —se quejó Matías por lo bajo.
     —Ay sí… —dijo Jackirid, sacó el bastón y lo posó sobre el muchacho, luego soltó una estruendosa carcajada—, mucho mejor.
     Matías ya no vestía el pijama, sino que ahora lucía un traje pirata igual que el de Jackirid, con la única diferencia de que tenía un alfanje colgado al cinto. Matías se miró a si mismo casi sin creerlo.
     —Patético… —fue lo único que comentó Gio al respecto.
     —Bien —dijo Jackirid—, ahora busquemos a Ed.
     Veher sacó su pincel y se dispuso a crear el portal.
     —¿Quién es Ed? —preguntó Matías de pronto.
     —El resto de la tripulación —dijo Jackirid animado.
     Veher terminó de crear el portal y saltaron.

     Un momento después Rob escrutaba cuidadosamente los trozos de papel que y de entre las sombras, al fondo de la taberna, emergió una figura que ocultaba su rostro con la capucha de una caperuza negra y se sentó a la barra, Rob en seguida se guardó los papeles en el bolsillo y atendió con su característica diligencia indiferente:
     —Dígame, ¿qué le puedo servir?
     —Por favor, sírvame una copa de su mejor trago —era una voz femenina, colocó una pequeña bolsa llena de monedas en la barra— y espero que esto cubra la deuda de Jackirid… —Rob sirvió el trago ignorando la bolsa— y que esto cubra la que pueda adquirir a futuro… —arrojó otra bolsa de igual tamaño, Rob le colocó el trago, la mujer probó y Rob agarró las bolsas sin hacer comentario alguno ni preguntar nada.


II

“Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios la libertad;
mi ley, la fuerza y el viento;
mi única patria, la mar.”
Canción del pirata – José de Espronceda

—¡Bienvenido al Dolina Kaprys! —exclamó Jackirid con entusiasmo.
     Matías no lograba, ni pretendía, ocultar su asombro y fascinación. La magnificencia de ese lugar era descomunal, a diferencia del cruento y hostil Dolina Snova, el Dolina Kaprys era un paisaje ilusionante y de ensueño. La aurora de ese cielo oscilaba entre un color verde suave y el turquesa, el mar era un manto infinito de colores despiertos y brillo incitante, las nubes hexagonales se extendían hasta el horizonte en arrebatada calma. Miró el muelle, era mucho más grande que el del Dolina Snova, había unos cuatro barcos abarloados. El suelo, nuevamente, era como de cera, pero marmoleado entre azul y verde.
     —¿Qué te parece? —le preguntó Jackirid con aire de grandeza como si el lugar le perteneciera.
     —Es… increíble… —alcanzó a decir Matías.
     —Bien, no perdamos más tiempo —se apresuró Gio.
     Y el grupo comenzó a caminar en dirección al muelle. Matías observaba el lugar sin salir de su estupor, miró una nube de un color rojo muy suave a la orilla fluctuando sublime y un pequeño punto de luz flotando sobre esta, le llamó poderosamente la atención, especialmente por el hecho de que el resto de las fantasías no lo poseían salvo por alguna que otra, todas de colores distintos.
     —¿Qué es eso? —preguntó señalando el pequeño lucero.
     —Es un rastro —contestó Veher.
     —¿Un rastro?
     —Sí, es algo normal —prosiguió Veher—. Verás, el Dolina Kaprys es un lugar mucho más estable que el Dolina Snova, así que algunos ffansios vienen para visitar las fantasías con ánimos de aventura, lances o cualquier suerte que brinde el azar, quizás regresar a su propia fantasía de origen. La cosa es que, en esta vastedad de posibilidades lo mejor es marcar la fantasía a la que alguna vez te gustaría regresar o, si vas a entrar a alguna y esperas que alguien pueda hallarte, lo mejor sería dejar una guía, ¿no te parece?
     —Sí… tiene sentido —Matías seguía observando a su alrededor.

     Llegaron al muelle y se detuvieron frente a uno de los barcos, era una impresionante y elegantísima carabela, estaba pintada de un lustroso color negro con el dibujo de un dragón dorado que se movía incesante recorriendo los costados de la nave:
     —Joven Matías —habló Jackirid con orgullo—, te presento al Drakd’or.
     La carabela pareció agrandarse a la vez que el dragón abrió la boca dibujando una llamarada que salía de sus fauces, de pronto la carabela se vio envuelta por gráciles halos de luz dorados que recorrieron el navío de la quilla a la punta del mástil mayor, transitando las mangas y los cascos de babor a estribor, acariciando la cubierta desde el castillo de proa hasta la toldilla de popa. La carabela se erigía majestuosa, única y formidable, a la vez que se imponía como un sanguinario y brutal terror náutico. 
     —Ocho metros de manga… —comenzó a decir Jackirid con aire digno.
     —Ancho… —tradujo Gio rápidamente.
     —Veinte metros de eslora…
     —Largo…
     —Con buen tiempo puede alcanzar unos treinta nudos…
     —Ciencuenta y cinco kilómetros por hora…
     —Pero con el tiempo en contra… —Jackirid se rió con gesto macabro— mucho más.
     —Eso es cierto.
     Matías observaba el cuadro asombrado y, por qué no, excitado, por alguna razón el Drakd’or le despertó cierta hambre de aventura. Nunca en su vida había surcado el mar, ni siquiera había salido de su ciudad alguna vez. Más aun no sabía casi nada de aquel lugar en el que estaba, no sabía cómo había llegado allí, mucho menos tenía idea de cómo demonios haría para salir y regresar a casa, pero ¿de verdad podía negarse el derecho de vivir en carne propia experiencias que sólo habría podido acariciar entre páginas e ilusión?... ¡No! y es que vivir grandes experiencias, para alimentar las musas, siempre será la excusa perfecta de todo artista cuando desea ejercer la libertad sin remordimientos o, simplemente, perderse entre los sinuosos auspicios de la incertidumbre y lo desconocido; porque después de todo no hay muerte más deplorable que esa en la que la monotonía y el hábito más banal se convierten en el verdugo del alma más ansiosa.
    
     Luego de mirar la carabela con ardor y entusiasmo Jackirid la desamarró, esta con vida propia se fue acomodando lentamente hasta quedar en posición,  se abrió una pequeña puerta en medio de la baranda de estribor y una rampa se fue desplegando hasta llegar al muelle.
     —Señores… —dijo Jackirid mostrando el camino y con tono aristocrático—, todos a bordo.
     Veher se adelantó y comenzó a subir por la rampa, Matías internalizó la situación, casi no podía creer que estaba allí ni lo que estaba por hacer, se miró, casi había olvidado que estaba ataviado con la indumentaria pirata, esto lo excitó aún más, sacó su alfanje, y entrando en personaje, puso en alto la espada y subió recitando de manera improvisada sin titubeo y con gran emoción:
     —¡Hora de navegar! ¡Que no hay arrullo más amoroso que el de un mar en calma ni pasión más desenfrenada que la de una tripulación viajando con viento en popa a toda vela! ¡Hala! ¡Que mi arrebato no sea vuestra gaita ni mi bisoñez vuestra calamidad!
     Veher se notó algo desconcertado y extrañado. Matías, ya a bordo, envainó el alfanje con una risa cándida.
     —Hum… No está mal —comentó Gio—, aunque no entendí eso último.
     —Ni yo —dijo Jackirid—, pero tiene talente.
     —Talent0…
     —También… —Jackirid sacó su bastón, este se transformó en un alfanje y simulando la actitud de Matías comenzó a recitar también mientras subía— ¡Leven anclas! ¡Suelten amarras! ¡Y desplieguen las velas!, ¡los mares se estremecerán a nuestro zarpar!, porque no hay navío más feroz ni tripulación más aguerrida que la del Drakd’or al surcar, ¡Veher!
     —¡Capitán! —atendió Veher parándose firme.
     —¡Foques enrollados, jarcias adujadas y cabos a la cornamusa!
     Veher se quedó mirando de un lado a otro sin comprender la orden.
     —¿Y de postre? —preguntó finalmente.
     «Patético» dijo Gio por lo bajo. Jackirid se carcajeó y tomó su posición en la toldilla de popa tras el timón, Matías caminaba de un lado a otro recorriendo el barco, mirando cada cosa con ilusión infantil, era la primera vez que montaba un barco. De pronto el Drakd’or comenzó a moverse, quedando de espaldas al muelle, las velas se desplegaron solas, no se movían, no había brisa de ningún tipo, Jackirid comenzó a hacer unos movimientos marciales espada en mano, la hoja comenzó a brillar y a silbar, luego de un instante quedó en una postura apuntando el alfanje hacia la proa, de pronto una inusitada brisa comenzó a soplar desde la popa y el barco emprendió el viaje, flotando sobre el mar de nubes del Dolina Kaprys. Matías estaba fascinado. Veher recorría la cubierta confirmando que todo estuviera en orden. Jackirid bajó de la toldilla rumbo al mástil mayor, de la nada sacó una tela negra doblada la amarró en una cuerda que bajaba del mástil, tomó otra cuerda al lado de esta y se la ofreció a Matías, este se acercó.
     —Haz los honores —le dijo con voz solemne.
     El muchacho comprendió inmediatamente, tomó la cuerda y comenzó a tirar de ella, izó la bandera con orgullo casi patriótico, esta ondeó orgullosa y altiva en lo alto y su emblema se mostraba desafiante y burlesco: un perro dorado con un sombrero.
     Jackirid rió animado ante la perplejidad del muchacho.
     —¿Un perro? —preguntó Matías incrédulo.
     —Así es —dijo Jackirid con orgullo— ¿te gusta?
     —No entiendo —dijo Matías un poco contrariado—, Drakd’or tiene un hermoso e imponente dragón dorado que se mueve de lado a lado ¿y la bandera de la tripulación es un perro con un sombrero? ¡Si ni siquiera tienen un perro!
     —¿Qué más perro que yo? —Jackirid se carcajeó— ¿Qué habrías puesto tú, joven escritor? ¿Dos tibias y una calavera?
     —No lo sé, ¿un dragón, tal vez?, habría combinado perfectamente con la nave y, además, es un monstruo temible, infunde miedo y respeto, ¿pero un perro?
     —Sí, el dragón es mucho más atemorizante —dijo Jackirid en tono meditativo—, es sanguinario y feroz, pero eso no significa nada para nosotros, yo he llegado a hundir naves que tenían por bandera al mismísimo Leviatán. Pero el perro es desvergonzado, noble, leal y perro —sonrió sardónico—, no te dejes llevar por las apariencias, esa imagen —señaló la bandera— ha hecho temblar a más de uno.
    —Pero es que Drakd’or…
    —¡Drakd’or tiene espíritu de dragón pero alma de perro!, créeme, no le molesta. Además, imagínalo, un perro montado sobre un dragón —la mirada de Jackirid se perdió un instante y se rió— ¡Y además tiene un sombrero!, simplemente es épico.
     —Esa bandera —dijo Gio con tono reflexivo— no pretende tener significado para nadie más que para nosotros…
     Jackirid se fue para el castillo de proa, Matías quedó contrariado un instante, miró la bandera ondeando en lo alto y aceptó, algo de razón debía tener el sombrero. Por su parte, Veher se acomodó para dibujar en un pequeño cuaderno sentado en el castillo de proa y mirando de tanto en tanto el mar de nubes.
     Matías vio la costa desaparecer en el horizonte. Drakd’or fue adquiriendo cada vez más velocidad, surcaba aquel mar nebuloso no cortándolo sino volando, navegando sin temor. Firme.


III

“Allí la cruz consuela,
la tumba advierte;
allí pasa la vida
junto a la muerte.”
Las ermitas de Córdoba – Antonio Fernández Grilo

—¿Cómo sabes hacia dónde vamos? —le preguntó Matías con curiosidad a Jackirid tras el timón.
     —Yo no, Drakd’or es el que siempre sabe a dónde ir, mira —Jackirid señaló una pequeña mesa que se erigía a la derecha del timón que poseía tres hermosas rosas de los vientos, la primera giraba incesante, la segunda apuntaba a la proa y la tercera apuntaba a la popa—, esta —señaló la primera— es una brújula común, desde que llegamos al Bárbarah dejó de funcionar, esta —señaló la segunda— muestra hacia dónde debemos ir, en esta ocasión hacia Ed y esta… hum… dependiendo. A veces el camino de regreso, a veces el puerto más cercano, a veces hacia donde está el peligro.
     Matías atendía con curiosidad. Drakd’or era una carabela viva y con personalidad que funcionaba con una extraña potestad, su encantamiento era producto de una maldición, explicó Jackirid con la botella de grog en la mano «… parecía ser otra batalla más en el estrecho de Valtis, Raan Suu nos rodeó con al menos diez fragatas de guerra, nosotros apenas éramos doce tripulantes a bordo del Cachorro Conquistador: seis magos y seis guerreros. Luchamos con garra y, por qué no, con emoción, a pesar de que nos superaban en número nuestro poderío mágico era superior y ni hablar de la fuerza y astucia de nuestros campeadores… diezmamos seis de aquellas fragatas con relativa facilidad, ordenaron la retirada, nos hicimos con algún botín y liberamos a unas esclavas que estaban buenísimas, nos las llevamos al barco y ese fue nuestro error… bueno, sí es que se le puede llamar error a algo que hacíamos con frecuencia… ja, ja, la verdad es que no me arrepiento, el rescate fue fructífero si sabes a qué me refiero… la cosa es que Raan Suu había sido astuto por primera vez en su vida y nosotros, como siempre, no contamos con eso… o bueno, al menos yo… las mujeres que liberamos jugaron con nuestros corazones… y con otras cosas también, pero eso no viene al caso, cuando menos lo esperábamos, pues ahí estaban gobernando el barco… eran unas brujas poderosísimas y descaradamente hermosas… ahhh… yo diría que todos gozamos muchísimo esa trampa, a decir verdad ninguno de nosotros apuso mayor resistencia cuando las mujeres se amotinaron, estábamos bastante… satisfechos… bueno, menos Hever, él era el único realmente concentrado en el objetivo y Gio… un poco… lo cierto es que ese motín luego nos costaría caro, tal vez no me habría importado entregarme a mi brujita, pero ella tenía otros planes, en los que no me incluían como su esclavo sexual…. eso fue  un poco decepcionante…
     »La fragata de Raan Suu llegó tres días después. Arrojaron a dos de nuestros hombres por la borda, pero en un descuido Gio y Sapias lograron liberarse y rápidamente tomaron acciones y nos liberaron. Sapias era un poderosísimo mago de fuego que combinaba de manera sublime su magia con las artes marciales, era conocido como: el dragón dorado. Cuando el resto fuimos liberados la batalla se tornó más encarnizada —el tono de Jackirid se volvió sombrío—, las brujas atacaban con desenfreno y Raan Suu estaba muy molesto y peleó con una agresividad sobrecogedora. Casi todas las brujas fueron destruidas, pero casi todos nuestros hombres también, la contienda se volvió completamente abstracta, el abuso de la magia y el descontrol general trajo algunos golpes inesperados para la tripulación: el Cachorro Conquistador fue hundido… Gio fue convertido en sombrero y Sapias en este barco… Ed fue el único guerrero que quedó con vida… Veher y yo fuimos los únicos magos… —Jackirid bebía con la mirada perdida; pero de un momento a otro pareció animarse y sonrió— pero nada, joven escritor, la vida es bella —levantó la botella a modo de brindis— y nosotros más…».

     —Así que cada nube es una fantasía —comentó Matías.
     —Sí, cada una de ellas es un pensamiento, una idea, un recuerdo o cualquier cosa olvidada —explicó Gio colgado en el timón, mientras Jackirid reposaba a un lado— y a diferencia de los sueños en el Dolina Snova, lo que cae aquí casi nunca desaparece.
     —¿Y cómo es que un ffansio se entera de que es un ffansio? —preguntó Matías—, ¿cómo logra salir de su fantasía?
     —Bueno, es un asunto un poco extraño, verás, la mayoría de las cosas olvidadas no están completas, por lo general son muy breves y cerradas, entonces cada fantasía en cada una de esas nubes que ves allí, se reproducen como un bucle una y otra y otra y otra vez, ¿me explico? —Matías escuchaba con escrupulosa atención—, supongamos que pensaste en un hombre caminando de aquí, del timón, al mástil mayor, luego lo olvidaste; pues alguna de estas nubes será esa fantasía repitiéndose sin cesar, el hombre caminando del timón al mástil mayor.
     »Entonces pueden ocurrir varias cosas que alteren el bucle y tal vez lo hagan salir de la fantasía, una, la menos probable en una fantasía tan corta y poco elaborada como esa, sería que el hombre al llegar al mástil se cuestione por qué camina en esa dirección, entonces retroceda y haga otra cosa. Otra sería que por ejemplo tú entres a esa fantasía, detengas al hombre y hables con él o que incluso tengan una pelea y llegue un punto en que alteres el bucle hasta el colapso, entonces puede ocurrir una de dos cosas o se abre un portal al muelle o colapsa sobre sí misma y se autodestruye, todo depende de la complejidad y la fuerza de la fantasía misma, mientras menos elaborada sea será más propensa a la autodestrucción será. Claro, también está la opción de que vayas allí, abras un portal y saques a los ffansios tú mismo.
     »Ahora, en el caso de las fantasías que tienden a romper sus bucles por sí mismas, como en el primer ejemplo, son aquellas elaboradas con mucho más tiempo y con seres poderosos, capaces de utilizar magia, crear portales y hasta romper la barrera que separa sus mundos del Bárbarah, pero sobretodo pueden romper el bucle seres libres, que puedan de cuestionar su propio mundo y su propia realidad, criaturas que ejercen de verdad el libre albedrío.
     —Sí, pues, tiene algo de sentido —meditó Matías un instante—. Pero piensa en lo siguiente, yo como escritor, un día escribo una historia desde el inicio hasta el final y por cosas de la vida el único manuscrito que hay es destruido y yo, el único que conoce la historia, muero, entonces esa historia caería acá ¿cierto?, siguiendo la lógica de que aquí sólo llegan las cosas olvidadas…
     —Correcto…
     —Bueno, pues vivirán un bucle que fue el que yo plasmé en la historia, es el designio al cual los sentencié, aun sintiéndose libres según sus propias creencias, según sus propias realidades, ¿cómo podrían, entonces, por filósofos que sean, dudar de sí mismos y de su mundo hasta un punto del cual no los doté?
     —Sí, pues, es algo complicado… pero, piensa en lo siguiente, después de ver este lugar, lo que es y lo que representa… ¿podrías tú asegurar que lo que vivimos en este momento no es en realidad el producto de una imaginación superior?, ¿que nuestra vida misma no es un bucle dentro de alguna nube como esas?, ¿cómo podrías asegurar que esta conversación no se está repitiendo por enésima vez y que el bucle, realmente, aún no ha sido alterado?, ¿qué tal si nuestras existencias son bucles que se cruzan entre sí?, ¿o que nuestra vida misma es un bucle que va de nuestro nacimiento a nuestra muerte... ¿realmente tenemos alguna certeza de algo?...
     Matías miró a su alrededor, se sintió abrumado, la vida le resultó algo mucho más gigantesca de lo que su ínfima existencia le permitía inferir. Se vio rodeado del infinito mar de ideas… ideas olvidadas… se volvió a cuestionar a sí mismo si no había sido él olvidado, que lo poco que apenas tenía realmente no había existido nunca ni lo haría, que después de todo si estaba allí era por algo, aunque negaba que existiera la razón de un propósito superior… suspiró profundamente sin saber qué pensar ni qué sentir.
     —… o también puede que las cosas realmente son como las estamos llevando, nadie puede asegurarnos nada—terminó diciendo Gio como si tal cosa—, supongo que la muerte, en todo caso, será la única que podría darnos respuestas de cómo son las cosas en verdad…
     Matías, sin decir nada, agarró la botella de grog de Jack y bebió un trago largo. Meditó el asunto por un rato.
     —Gio…
     —¿Hum…?
     —¿Cómo fue que ustedes rompieron su buc…
     —¡Capitán!, ¡Capitán! —interrumpió Veher, que escrutaba el horizonte desde el castillo de proa con su pincel convertido en catalejo— ¡Lo encontré!
     —¡Excelente!, ¡vamos allá! —exclamó Jackirid levantándose de un brinco, animado.
     Luego de un momento se vio sobre un hexágono verde una pequeña balsa negra con un par de remos a los costados y un rastro naranja flotando. Drakd’or fue arriando las velas poco a poco, luego de un instante ya estaban prácticamente encima de la nube.
     —Bien, hemos llegado —habló Jackirid agarrando a Gio y colocándoselo—, ahora busquemos a nuestro amigo.
     Drakd’or abrió una pequeña puerta por babor y desplegó una plancha, Jackirid, Veher y Matías se acercaron a esta, desde la borda miraron la nube fluctuando debajo de ellos, no se veía más que la superficie, Matías sentía un particular temor por este hecho, saltar a lo desconocido no le resultaba muy alentador y le despertaba un incontenible terror a pesar de que no iba a hacerlo solo, ¿qué tal si lo que había en esa fantasía era un horror indecible del cual Ed Shu no pudo salvarle y ahora su rastro no era más que el cebo para una trampa mortal?, «¡Bien, vas tú primero!» dijo Jackirid mirando a Matías con inédita seriedad,  apuntándolo con el bastón convertido en alfanje y señalándole el camino a la plancha.
     —¡Qué? —exclamó Matías horrorizado—, p-p-pero yo qué…
     —¡Muévete, marinero de agua dulce! —se impuso Jackirid con maquiavélica autoridad.
     Matías pensó un momento en oponer resistencia, pero sabía que sería inútil, no tenía ni el poder ni la destreza. Veher miraba la escena impasible. El muchacho con resignación caminó por la plancha y Jackirid tras él…
     —¿Q-qué tal si hay un precipicio o una bestia al acecho? —preguntó Matías con temor.
     —Pues, mejor que te atrape a ti que a mí —comentó Jackirid ironía e indiferencia.

     Matías sintió la punta del alfanje en su espalda, «Salta...» escuchó decir a Jackirid.

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