La mujer reposaba en el pecho fornido
de aquel aventurero, no tenía idea de que esa primera infidelidad de su vida la
estaba cometiendo por vez décima, mucho menos llegaría a imaginar que esa
primera vez se iba a repetir muchas veces más, pero es que ¿quién era ese
hombre?, ¿cómo podía saber tanto de ella, de sus gustos, de sus puntos
débiles?, ¿cómo podía ser tan diferente? No parecía simplemente venir de otras
latitudes, parecía más bien de otro mundo, de otra realidad.
Luego de un rato, el hombre despertó, se colocó su pantalón y sus
zapatos que eran su única indumentaria. La mujer, aún desnuda, lo miraba desde
la cama cubierta precariamente con una sábana, inspeccionaba los tatuajes que
cubrían la espalda, los brazos y el pecho del hombre, este, mientras tanto, se
acomodaba un poco la melena para ponerse su pañoleta.
—¿Volverás? —preguntó suavemente la mujer.
Él se giró, la miró con calidez por un instante, le dio un pequeño beso.
—Siempre volveré —le dijo finalmente.
—¿Por qué no me llevas contigo? —preguntó ella con ánimo—, odio este
lugar, odio a mi marido, odio todo, llévame contigo, sé que es muy pronto para
decirlo, pero me siento enamorada…
—Lo siento… es complicado…
—¿Por qué?, no nos tomará nada, sólo desaparecer y… —en ese momento se
escuchó la puerta de la casa abrirse, la mujer se asustó y habló rápidamente en
voz baja—, ¡mi marido, rápido, escóndete!
—No me esconderé —habló el hombre tranquilo.
—¡Qué?, ¡Ed, por favor!, ¡que está armado! ¡Si nos ve nos matará a los
dos!
—Bueno, en parte esto es tu culpa por haberte casado con un tipo que después
vaya a quererte matar.
—¡No me eches la culpa! ¿Cómo mierdas iba a saberlo?
—¡Pero si hasta tiene una pistola! ¡Qué más pruebas necesitas?
«¡Cariño! —se escuchó la voz de fondo—, ¿será que esta noche quieres…» la
puerta de la habitación se abrió, el marido calló, miró a Ed, observó el cuadro,
sus ojos ardieron de rabia y sin decir nada se giró y corrió en dirección a la
sala, Ed tras él y la mujer envuelta en su sábana también salió del cuarto.
Dolina Kaprys
Matías
Pisac
IV
Jackirid, Veher y Gio se reían con
ganas a costa de Matías, mientras recorrían unas callejas de tierra y lodo.
—¡Debías ver tu cara! —Jackirid se carcajeaba, Matías lucía apenado— ¿y si un precipicio me traga? —remedaba
a Matías y se reía más, Gio y Veher también—, de verdad creíste que te habíamos
traicionado o algo parecido, espera a que le cuente esto a Ed.
Caminaban con ánimo había cierto movimiento de gente, las mujeres
llevaban vestidos con corsés insinuantes y a hombros desnudos algunas; los
hombres, en general, tenían un porte más bien gallardo, lucían sombreros de
hala ancha, chalecos de cuero, capas, botas, guantes, bigotes frondosos y
barbas incipientes. Pero también se veían personas de aspecto andrajoso,
sentados en el suelo y mendigando. A los costados de las calles se alzaban edificios
de dos o tres pisos de aspecto sencillo y sobrio, por ningún lado se percibía
ostentación alguna de tecnología. Matías se alegró de que su atuendo pirata no
desentonara tanto con el ambiente.
—Me gusta este lugar —comentó Jackirid con ánimo—, parece un barrio de
mi calaña. Hola… —hizo una pequeña reverencia tocándose la punta del sombrero a
una mujer que pasó a su lado, esta lo miró de arriba bajo y le guiñó un ojo
mientras se mordía el labio inferior—… ja,
ja, ja, Ed sí que sabe escoger buenas fantasías.
—Por cierto —comentó Matías—, este lugar es bastante amplio, me parece,
¿cómo encontraremos a Ed?
—Ya resolveremos eso —comentó Jackirid, mirando entre la gente que iba y
venía, se fijó en un objetivo, un hombre de aspecto altivo que venía, cuando
estuvo lo suficientemente cerca Jackirid lo tropezó— ¡Oh, buen hombre, perdone
mi torpeza, ha sido mi error!
—Debes tener más cuidado… —contestó el hombre con cierto desdén.
—No le quito razón —se apresuró Jackirid, el hombre ya se disponía a
continuar su camino—, disculpe, musiú
—el hombre se detuvo nuevamente—, mis amigos y yo no somos de acá y me
preguntaba si podía usted decirme en dónde puedo conseguir un bar o una taberna
decente, como para alguien de vuestra talante y modelo.
—Oh, por supuesto —el hombre halagado, explicó la dirección con
celeridad.
—Entiendo perfectamente, ¿y qué caminos de esta ciudad deberían evitar
los hombres de vuestra distinción?
—Bueno —el sujeto meditó el asunto un instante mirando la calle en la
dirección que llevaba el grupo—, a un par de cuadras de acá cruzando por la
derecha, ese camino lleva a un barrio de cuidado, está lleno de prostitutas,
borrachos y criminales.
—¡Gracias, mi señor! Nos ha sido de gran ayuda.
El hombre hizo una pequeña venia y siguió su camino.
—Caballeros, ya sabemos cuál es nuestra ruta —comentó Jackirid,
levantando sobre su cabeza una pequeña bolsa de cuero llena de monedas y
reemprendiendo la marcha.
—Eres un asco —comentó Gio por lo bajo.
Cuando pasaron las dos cuadras Jackirid y Veher viraron a la derecha,
tal como desaconsejó el hombre, Matías se sintió un poco atemorizado:
—Eh… muchachos —dijo Matías—,
¿por allí no fue que el hombre dijo que quedaba el barrio peligroso?
—Así es —comentó Veher con indiferencia.
—¿No deberíamos entonces ir por otro lado? —preguntó Matías con cierta
preocupación.
—No si queremos encontrar a Ed —dijo Jackirid.
Matías bufó y se volvió a unir al grupo.
Recorrieron el barrio un buen rato, algunos hombres miraban al grupo de
manera acechante, una que otra prostituta se les insinuaba. Llegaron a ver a un
par de sujetos peleando encarnizadamente. Gente en el estado más deplorable,
comiendo frutas podridas, niños zarrapastrosos y mugrientos corriendo y
robando.
Iban
por una holgada vereda, bastante solitaria, cuando de pronto apareció un
hombre, muy sucio y les habló:
—Por favor, denme algo —dijo con tono lastimero—, apiádense de mí, no he
comido en todo el día.
—Olvídalo, fuera de aquí —dijo Jackirid inclemente.
El hombre no aceptó la respuesta con agrado y sacó un enorme cuchillo.
Matías se llevó la mano al alfanje, Veher estuvo atento de sacar el pincel.
—Que conste que no quisieron darme nada por las buenas —dijo el hombre
ahora con tono amenazante, de pronto otros cinco sujetos armados con sendas
navajas y dagas aparecieron, flanqueándolos—, ahora tendrán que darnos algo a
todos nosotros si no quieren morir desangrados aquí.
Jackirid se mostraba indiferente pero imponente, caminó bastón en mano
hacia el hombre, este retrocedió nervioso.
—Lo único que tengo para ustedes… —Jackirid rebuscó en su camisa, sacó
la bolsa de monedas, el hombre se relamió extasiado, como si hubiera conseguido
lo que quería, amagó para agarrar la bolsa pero Jackirid fue más rápido— es
dulce de escarmiento —y le golpeó el rostro fuertemente con el bastón.
El hombre cayó inconsciente. Los otros hombres se abalanzaron contra el
grupo al ataque, Matías sacó su alfanje y Veher el pincel, dos hombres fueron
contra Jackirid y tres contra Veher y Matías.
Jackirid rechazó las estocadas con su bastón y esquivaba con presteza,
Veher comenzó a recitar mientras Matías lo cubría, la punta del pincel se
iluminó y se dispuso a dibujar en el suelo, Jackirid en un momento logró repeler
a sus adversarios, pronunció unas palabras y el bastón se convirtió en un
alfanje, los hombres ante el asombro bajaron la guardia, Jackirid pudo
despachar a uno a la vez que le quitó la daga, pero el otro se defendió con
agilidad; Matías rodeado por los otros tres y con total inexperiencia, lanzó mandobles
alejando a uno, alejando a otro, pero el tercero logró flanquearlo por la
retaguardia, cuando estuvo a punto de clavarle la navaja en la espalda la punta
de un puñal apareció repentinamente por su manzana de Adán y el sujeto cayó
muerto instantáneamente revelando al fondo a su verdugo; Jackirid con su brazo
derecho estirado por el lanzamiento, mientras que con el izquierdo apuntaba el
alfanje al pecho del otro fulano en el piso.
Los otros dos sujetos estaban por aprovechar la distracción de Matías
para atacarlo, pero no pudieron moverse, sus pies habían sido arropados por un
grueso manto de lodo que ascendía rápidamente hasta la cintura y se endureció
como concreto, quedando atrapados, entraron en pánico y gritaban descontrolados
sin poder zafarse. Matías y Veher aprovecharon la oportunidad para dejarlos
inconscientes.
—Qué asco, maté a un hombre —dijo Jackirid con desagrado—, bien —le
habló al sujeto que tenía sometido—, ahora tú me vas a decir en dónde queda
buen bar de mala muerte… —el hombre aterrado y sin poder hablar sólo alcanzó a
señalar al fondo de la vereda—, ¡oh!, gracias, buen hombre —dijo Jackirid
llevándose el alfanje al hombro y haciendo una pequeña reverencia con el
sombrero, el hombre se levantó precariamente y huyó—, muchachos vámonos,
tenemos que encontrar a…
Repentinamente sonó un escándalo en una casa al final del sendero, un
disparo, cosas tiradas, cristales quebrándose y los gritos de una mujer; Veher
y Matías se reunieron rápidamente con Jackirid, se acercaron con cautela, de
pronto la puerta de la casa fue derribada y un hombre con una pistola en la
mano cayó inconsciente sobre esta, el trío se puso en guardia rápidamente y de
la entrada emergió un hombre alto, fornido, sin camisa, repleto de tatuajes,
con una pañoleta puesta y una larga melena. Luego apareció una mujer cubriendo
su desnudez precariamente con una sábana, mirando preocupada al hombre
desmayado, «¿Está muerto?» le preguntó al de la melena, «No, —respondió él—
sólo está inconsciente, será mejor que te vayas antes de que despierte, porque
se va a poner más bruto… ¿o prefieres que yo me lo lleve?»
—¡Qué pasó? ¡Tu mujer te descubrió con otro tipo? —exclamó Jackirid. El
hombre se giró y miró al grupo.
—¡Que, te da celos que no seas tú, mariquito? —exclamó el sujeto,
levantó los brazos y caminó hacia el grupo con gesto agresivo… luego afable y
riéndose.
—Hola, Ed —saludaron Gio y Veher.
—¿Qué fue, todo bien? —Ed saludó al grupo animado, dando abrazos y luego
se dirigió a Jackirid palmeándole el hombro— ¿Qué pasó, pato? ¿Qué hacen aquí?
—Vinimos a buscarte —dijo Jackirid.
—Pero buscameste, pues —dijo Ed y se carcajeó
—Mira, gallo, es en serio, tenemos trabajo que hacer.
—Sí va, papi —hablaba Ed con un tono muy amigable—, pero ¿no quieren un
trago primero? Hay un bar muy brutal por a…
—¡Ed! —exclamó la mujer—, ¡qué hago?
—Oh… disculpen, tengo un… la tipa esta… —señaló a la mujer, Jackirid y
Veher concedieron con costumbre—, je, je,
ya va, ya vengo.
La mujer estaba al borde de un colapso, Ed trataba de calmarla, ella
veía al hombre en el suelo, se llevaba una mano a la cara casi llorando, de
pronto Jackirid se acercó:
—Buenas tardes, señorita —le dijo con cierto tono, ella lo miraba
incrédula—, lo que sea que mi amigo haya hecho habrá tenido sus buenas razones
y yo lo apoyo y lo respaldo.
—Oiga —habló la mujer con angustia—, no sé si ustedes tendrán algún
código estúpido, pero eso no me va a salvar de que mi marido vaya a matarme
cuando se recupere.
—Y por eso digo que te tienes que ir —se adelantó Ed.
—¡Y para dónde me voy a ir, idiota? —dijo la mujer ya con rabia— ¡Me vas
a llevar contigo acaso?
—¡No, no, yo no puedo!, pero por eso digo, si quieres me lo llevo —Ed
señaló al hombre en el suelo— y ya veré qué yo qué hago con él.
—Ay, no, qué desastre… —la mujer angustiada se tapaba la cara, luego se
llevaba la mano a la cabeza.
—Bueno, cumplo con decirle —Jackirid le habló a la mujer— que este
dilema es culpa suya, nadie la manda a casarse con un tipo que la iba a querer
matar después, mira si hasta tiene una pistola.
—Eso es lo que yo siempre le digo —dijo Ed.
—¡Siempre? —exclamó la mujer— ¡si apenas nos conocimos hoy!
—Ja, ja, cierto —dijo Ed como
recordando.
—¡Y no venga usted a estarme echando culpa de nada! —le reclamó la mujer
a Jackirid—, no sé qué hacer y ustedes lo menos que hacen es ayudar —y comenzó
a llorar.
Ed miró con reproche a Jackirid y con fastidio a la mujer llorando.
—Ed, ¿tú no te cansas de lo mismo todo el tiempo?
—¿Qué me voy a estar cansando, maricón?
—Bueno, bueno —se apresuró Jackirid—, no se preocupe, ya voy a
resolverle su problema. Por favor, no se asuste y confíe en mí.
—Con todo respeto, señor —dijo la mujer—, pero usted no me parece de confianza.
—Y no se equivoca al pensar así —dijo Jackirid con una sonrisa—, haber
tenido esa intuición tan certera antes de casarse con este tipo, ¿eh?
—Apúrate, ¿sí? —habló Gio— Y tú, mujer, a ver si haces algo al respecto
con tu vida.
La mujer al escuchar al sombrero se asustó y dejó escapar un grito.
—Por favor, señora, cálmese —dijo Jackirid—. ¿Ves, Gio?, la gente se
asusta es cuando tú hablas.
—Ven —dijo Ed tomando a la mujer entre sus brazos—, ya vamos a
solucionar.
La mujer, estaba nerviosa, miraba a su marido en el suelo, tratando de
ignorar lo que hacía Jackirid, este mientras tanto hizo unos movimientos con su
bastón, pronunció unas palabras, luego se lo colocó en la cabeza a la mujer y
esta se desmayó. Ed hizo lo propio llevándola a la habitación, el hombre
comenzaba a recobrar la conciencia cuando Ed y Jack salían de la casa, Ed no
perdió el tiempo volvió a noquear al sujeto y se llevó la pistola.
V
Jackirid estalló en carcajadas con Ed contándole la anécdota de Matías
en la plancha, Veher y Gio ya no se reían tanto del chiste repetido.
—¡Cantinero! —llamó Ed—, ¡mande dos botellas más de vino!
El cantinero mandó a un muchacho con el pedido. Pese a la fachada poco
aparatosa en el exterior, por dentro el lugar era amplio y había bastante
movimiento, sujetos de aspecto temible armados con estoques, cuchillos, uno que
otro con pistolas de chispa. Grupos de hombres animados jugando a las cartas y
también estaban los que bebían solitarios. Al fondo, sobre una pequeña tarima,
tocaba y cantaba un curioso trío de vihuela, flauta y violín y en torno a ellos
hombres y mujeres que bebían, bailaban y palmeaban animados.
—Por cierto, Jack —comentó Ed—, ¿le borraste la mente a la mujer para
que olvidara lo ocurrido o a su marido?
—No. Sólo la dormí para que dejara de molestar.
—Maldición, Jack… sí sabes que la va a matar ¿no?
—Bueno… a ella le dejé un regalito —Jack le guiñó un ojo a Ed y
estallaron en carcajadas.
—Ahora sí, señoritas —dijo Ed—, cuéntenme, ¿cuál es el plan?
Gio y Veher se encargaron de contar los últimos sucesos y los detalles
de la empresa a Ed. Matías hacía algún comentario complementario. Jackirid se
comenzó a mostrar taciturno conforme avanzaba la conversación, algo le
inquietaba aunque no lograba saber qué era, tenía un presentimiento pero no
sabía de qué.
—Bueno, chicas —dijo Ed
acabando la última botella de vino—, deberíamos ir agarrando camino. Jackirid
lleva rato como un marico triste y eso no me gusta nada, la última vez que se
puso así nos tocó luchar contra un par de dioses y un asqueroso monstruo
marino.
Matías se estremeció un poco al escuchar aquello, por alguna razón le
resultaba familiar.
—Tienes razón —convino Jackirid—, iré a pedir un par de botellas más y
nos vamos.
Jackirid se levantó y caminó hacia la barra, sacando la pequeña bolsa de
dinero, iba a llamar al cantinero cuando de pronto escuchó una voz femenina que
conocía muy bien.
—¿Aquí sí pagarás tu cuenta, mi querido capitán?
Allí estaba a su lado, cubriendo su rostro con una caperuza negra.
Jackirid se giró con cierto aire de complicidad.
—¿Me vas a invitar un trago? —preguntó la mujer.
—¡Maestro! —le habló al cantinero, le hizo una seña de que le trajera un
trago a la mujer, luego se acercó muchísimo a ella—, ¿y tú qué me invitarás? —se
acercó muchísimo, a punto de besarla.
—Ja, ja —riendo grácil apartó
con coqueteo a Jack mientras se mordía el labio inferior—, no te apresures,
amado mío, disfruta el momento —la mujer dejó revelar un poco su hermoso rostro
angelical y se le escaparon unos dulces crespos rojos como el fuego. El
cantinero le colocó el trago a la mujer con total discreción.
—El arte de la dilación —comentó Jackirid excitado— es la chispa que
enciende el encanto y con justa razón —le tomó una mano y le acarició el
rostro, la mujer sonreía—, pues el hombre más orgulloso, acaudalado y ostentoso
se convierte en el más lastimero, desgraciado y exiguo una vez que prueba la
gloria de tu dulce gracia —le pasó una mano por la pierna y ella se la retiró
con donaire— y luego le es arrebatada… pero la paciencia es la virtud del
sabio, según dicen…
—¿Y tú, amado mío —dijo la mujer acariciándole el brazo a él ahora—,
eres sabio?
—Sólo soy elocuente —envolvió a la mujer con un brazo y la estrechó
contra sí—, nunca me dejas nada fácil, pero aun así eres mi Fiovana.
—Si tú no fueras tan lisonjero no serías mi Jackirid —dijo la mujer con
una sonrisa sugerente.
Se miraron con intensidad un instante y luego se besaron con desenfreno.
Cuando se soltaron el semblante de la mujer se volvió parco, se cubrió el
rostro con la caperuza nuevamente.
—¿Qué tal si nos vamos a una pieza y… —dijo Jackirid animado.
—Jack, tienes que irte cuanto
antes —Lo interrumpió la mujer hablando bajo y con cierta diligencia.
—¿Qué?, pero si apenas acabamos de vernos… —se apresuró Jackirid sin
entender muy bien.
—No, Jack, es en serio, no te puedes quedar es peligroso —la mujer
miraba de un lado a otro con paranoia—, no sé cuánto tiempo más podré
controlarlo, así que huye cuanto antes.
—¿Por qué no vienes con nosotros? —le preguntó Jackirid—, estarás segura
en el Bárbarah…
La mujer no respondió nada y se volvió hacia la barra, Jackirid pidió
las dos botellas de vino.
—¿Qué pasa, Fiovana? ¿No me vas a decir nada?
El cantinero colocó el pedido en la barra, Jackirid le lanzó la bolsa de
monedas entera y cogió las dos botellas. Fiovana seguía en silencio, Jackirid
un poco fastidiado decidió tomar su camino dejando a la mujer en lo suyo, pero
esta lo detuvo tomándolo del brazo.
—Te cuidado, Jack… —le dijo Fiovana por lo bajo.
Jackirid severo esperó un instante por si la mujer tenía algo más que
decir. Nada. Así que emprendió su marcha nuevamente, al llegar a la mesa hizo
una seña, el grupo notó por el gesto del mago que algo no estaba bien, se
levantaron rápidamente.
—¿Qué pasó? —preguntó Gio mientras Jackirid se lo colocaba.
De pronto Jackirid se giró con violencia y dibujando un arco con su
bastón, se escuchó un golpe seco y un puñal se clavó en el suelo, la taberna
quedó en silencio repentinamente, todos en el lugar se miraban entre sí y
observaban el cuadro a la expectativa, Jackirid nada más podía ver esa mirada
fría que pretendía desnudarle el alma y sólo un pensamiento pasó por su mente,
mientras caía la caperuza negra y revelaba, ahora, a una hermosa rubia de
semblante audaz y vulpino, «Zorra».
—No… —dijo Gio por lo bajo.
—Agh… —renegó Ed—, lo que
faltaba.
—¿Qué pasa?, ¿quién es ella? —preguntó Matías.
—Fiovana… —dijo Veher con cierto resentimiento.
Jackirid aun de pie, en un intenso cruce de miradas con la mujer, no
lograba descifrar cuál sería su siguiente movimiento y la experiencia le decía
que con esa mujer cualquier cosa era posible.
—Ya me encargaré yo de esto —dijo Ed haciéndose paso entre sus
compañeros, caminando hacia Fiovana.
—¡No, Ed, espera! —dijo Jackirid tratando de detenerlo.
Ed ignorando la advertencia de Jackirid siguió su rumbo, amenazante,
cuando se encontraba a tres pasos de la mujer apenas si tuvo tiempo de esquivar
una daga que salió de entre la multitud y se terminó clavando en la frente de
un hombre, cayó al suelo, el grupo chequeó entre la multitud, Fiovana miraba
con una sonrisa diabólica a Ed que aún estaba asombrado.
—Que comience el baile —dijo la mujer.
De pronto se desató un jaleo y una contienda general, salieron sables,
estoques y dagas a la escena, volaban sillas, vasos y botellas y en un arrebato
de anormal fusión con el ambiente se unieron vihuela, flauta y violín en
agresiva y excitante melodía, los excéntricos bardos reían insanos y pérfidos
mientras tocaban y pateaban a cualquier desgraciado que por voluntad o
infortunio se acercaba a la tarima. El ambiente era electrizante, no se podría
decir con certeza si la melodía era determinada por el fervor del momento o
viceversa.
Cuando Ed logró enfocarse Fiovana ya se había escurrido por las costuras
de la reyerta, pero ante él aparecieron cuatro guerreros ka armados con sus
espadas brillantes. Veher, con su pincel, y Matías, alfanje en mano, se cubrían
apoyados uno contra la espalda del otro siendo rodeados por al menos seis
guerreros ka. Jackirid seguía atónito, veía a Fiovana merodear y desaparecer
entre las sombras de la taberna.
Ed rápidamente agarró una silla y la arrojó contra el guerrero de la
izquierda, y aprovechando su distracción mientras la esquivaba, se barrió quedando
en una posición ventajosa y en dos movimientos desarmó al ka, haciéndose con la
espada y despachándolo inmediatamente, el arma se sentía rara, como si de esta manara
una misteriosa fuerza, pero no había tiempo de pensar en ello, los otros tres
guerreros en un instante ya lo habían cercado.
Veher y Matías, rodeados, se disponían únicamente para la defensiva, «¡Jack,
el muchacho» exclamó Gio, Jackirid rápidamente se quitó el sombrero «¡Matías!»
gritó, Matías miró, «¡Póntelo!» dijo Jack a la vez que le lanzaba el sombrero,
el muchacho lo atajó en el aire y se lo colocó, los guerreros ka que los
rodeaban se abalanzaron hacia él y Veher, pero Matías, sin saber cómo estaba
ocurriendo, se defendió con presteza y atacó con pericia, desarmando y dejando
fuera de combate a dos de los guerreros y manteniendo a raya al resto, Veher
rápidamente se hizo con una de las espadas de los guerreros ka y comenzó a
dibujar algo en la hoja mientras Matías lo cubría.
Ed se defendía, atacaba y dominaba con gracia marcial acabando con uno,
luego usando la fuerza del segundo en contra del tercero en una extraordinaria
maniobra, pero en seguida lo rodearon seis
guerreros más apuntándolo con las espadas brillantes. Jackirid recorría
el lugar cazando a Fiovana que se escabullía con sinuosidad. Matías luchaba con
agilidad y grandes reflejos, aún sin saber cómo estaba ocurriendo, su cuerpo
iba más rápido que su mente, sentía que casi no tenía control. Veher terminaba
de hacer lo que estaba haciendo, el brillo de la espada pasó de ser blanco a
naranja y una llamarada envolvió la hoja.
Jackirid en hipócrita entrega y resignación logró dar con Fiovana a su
espalda, amagó para atraparla, pero la mujer lo esquivó, Jackirid sacó su
bastón «¡ateiuq!» gritó, un rayo salió de la punta, pero Fiovana lo rechazó con
un pequeño bastón que sacó de la nada «Tú sabes que yo también puedo jugar a
esto» le dijo, «Tú sabes que no me gustan jugar con rubias, ¿podrías hacerte
pelirroja de nuevo y jugamos a la casita?» dijo Jackirid con insolencia, «Claro,
¡aquí tienes tu calor de hogar! ¡ogeuf!» y del bastón de Fiovana salió una gran
llamarada que Jackirid apenas pudo esquivar «¿Ves?, después andas preguntando
por qué te dejan», dijo Jackirid.
Ed luchaba con garra, pero no pudo prever cuando uno de los guerreros
disparó un rayo verde desde la espada golpeando la que él empuñaba, el poder le
recorrió el cuerpo dejándolo inmóvil, los demás guerreros se acercaban
rápidamente para dominarlo, cuando de pronto dos bolas de fuego golpearon a dos
de estos, dejándolos fuera de combate inmediatamente; los demás guerreros
miraron, Matías y Veher habían acabado con sus adversarios que yacían humeantes
en el suelo, Matías empuñando el alfanje y Veher con una espada cuya hoja ardía
en llamas.
Jackirid y Fiovana bailaban una danza mágica y mortal entre golpes y
hechizos, acabando con todo a su alrededor, los bardos se destacaban; de
pronto, a la agresividad del violín, Jackirid comenzó a dominar la contienda
cada vez más y más, de pronto Fiovana rubia se fue convirtiendo en la Fiovana
pelirroja «Jack, no…» decía casi gimiendo de dolor, Jackirid bajó la guardia y,
en la agresividad de la flauta, la Fiovana rubia se impuso con furia desmedida
ante la debilidad del mago, desarmándolo y paralizándolo con un hechizo.
Veher y Matías acudieron a la defensa de Ed, lanzando bolas de fuego y
eliminando a cuanto guerrero intentara hacerle frente. Ed poco a poco comenzó a
recuperar la movilidad de su cuerpo, Veher y Matías, en inusitada y armoniosa
sincronía, acabaron con los guerreros ka que quedaban. Ed ya lograba moverse
con cierta libertad. El grupo, rápidamente, decidió auxiliar a Jackirid, pero
cuando iban a ello sonó un estruendo como un trueno, la música se detuvo en
seco, la puerta de la taberna había sido abierta de par en par y de la entrada
brotaron en tropel una cantidad ingente de guerreros ka, se contaban por
docenas. El equipo pudo hacer poco o nada para defenderse hasta que fueron
dominados con hechizos de inmovilidad.
El lugar se sumió en una siniestra tiniebla
auspiciada por el uniforme negro de los guerreros, la precaria luz de las
antorchas parecía ser absorbida por el oscuro mar que gobernaba el recinto. De
la entrada emergió impasible y rotundo, con gesto inclemente y mirada felina,
Raan Suu encendiendo un cigarrillo y dando una profunda calada «Lamento la
tardanza, ¿me perdí de algo?» dijo y botó el humo. «Descuiden, muchachos, tengo
un plan» dijo Jackirid a duras penas en medio de su parálisis.

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