jueves, 23 de marzo de 2017

Mujeres...


La mujer reposaba en el pecho fornido de aquel aventurero, no tenía idea de que esa primera infidelidad de su vida la estaba cometiendo por vez décima, mucho menos llegaría a imaginar que esa primera vez se iba a repetir muchas veces más, pero es que ¿quién era ese hombre?, ¿cómo podía saber tanto de ella, de sus gustos, de sus puntos débiles?, ¿cómo podía ser tan diferente? No parecía simplemente venir de otras latitudes, parecía más bien de otro mundo, de otra realidad.

     Luego de un rato, el hombre despertó, se colocó su pantalón y sus zapatos que eran su única indumentaria. La mujer, aún desnuda, lo miraba desde la cama cubierta precariamente con una sábana, inspeccionaba los tatuajes que cubrían la espalda, los brazos y el pecho del hombre, este, mientras tanto, se acomodaba un poco la melena para ponerse su pañoleta.
     —¿Volverás? —preguntó suavemente la mujer.
     Él se giró, la miró con calidez por un instante, le dio un pequeño beso.
     —Siempre volveré —le dijo finalmente.
     —¿Por qué no me llevas contigo? —preguntó ella con ánimo—, odio este lugar, odio a mi marido, odio todo, llévame contigo, sé que es muy pronto para decirlo, pero me siento enamorada…
     —Lo siento… es complicado…
     —¿Por qué?, no nos tomará nada, sólo desaparecer y… —en ese momento se escuchó la puerta de la casa abrirse, la mujer se asustó y habló rápidamente en voz baja—, ¡mi marido, rápido, escóndete!
     —No me esconderé —habló el hombre tranquilo.
     —¡Qué?, ¡Ed, por favor!, ¡que está armado! ¡Si nos ve nos matará a los dos!
     —Bueno, en parte esto es tu culpa por haberte casado con un tipo que después vaya a quererte matar.
     —¡No me eches la culpa! ¿Cómo mierdas iba a saberlo?
     —¡Pero si hasta tiene una pistola! ¡Qué más pruebas necesitas?
     «¡Cariño! —se escuchó la voz de fondo—, ¿será que esta noche quieres…» la puerta de la habitación se abrió, el marido calló, miró a Ed, observó el cuadro, sus ojos ardieron de rabia y sin decir nada se giró y corrió en dirección a la sala, Ed tras él y la mujer envuelta en su sábana también salió del cuarto.




Dolina Kaprys
Matías Pisac


IV

Jackirid, Veher y Gio se reían con ganas a costa de Matías, mientras recorrían unas callejas de tierra y lodo.
     —¡Debías ver tu cara! —Jackirid se carcajeaba, Matías lucía apenado— ¿y si un precipicio me traga? —remedaba a Matías y se reía más, Gio y Veher también—, de verdad creíste que te habíamos traicionado o algo parecido, espera a que le cuente esto a Ed.
     Caminaban con ánimo había cierto movimiento de gente, las mujeres llevaban vestidos con corsés insinuantes y a hombros desnudos algunas; los hombres, en general, tenían un porte más bien gallardo, lucían sombreros de hala ancha, chalecos de cuero, capas, botas, guantes, bigotes frondosos y barbas incipientes. Pero también se veían personas de aspecto andrajoso, sentados en el suelo y mendigando. A los costados de las calles se alzaban edificios de dos o tres pisos de aspecto sencillo y sobrio, por ningún lado se percibía ostentación alguna de tecnología. Matías se alegró de que su atuendo pirata no desentonara tanto con el ambiente.
     —Me gusta este lugar —comentó Jackirid con ánimo—, parece un barrio de mi calaña. Hola… —hizo una pequeña reverencia tocándose la punta del sombrero a una mujer que pasó a su lado, esta lo miró de arriba bajo y le guiñó un ojo mientras se mordía el labio inferior—… ja, ja, ja, Ed sí que sabe escoger buenas fantasías.
     —Por cierto —comentó Matías—, este lugar es bastante amplio, me parece, ¿cómo encontraremos a Ed?
     —Ya resolveremos eso —comentó Jackirid, mirando entre la gente que iba y venía, se fijó en un objetivo, un hombre de aspecto altivo que venía, cuando estuvo lo suficientemente cerca Jackirid lo tropezó— ¡Oh, buen hombre, perdone mi torpeza, ha sido mi error!
     —Debes tener más cuidado… —contestó el hombre con cierto desdén.
     —No le quito razón —se apresuró Jackirid, el hombre ya se disponía a continuar su camino—, disculpe, musiú —el hombre se detuvo nuevamente—, mis amigos y yo no somos de acá y me preguntaba si podía usted decirme en dónde puedo conseguir un bar o una taberna decente, como para alguien de vuestra talante y modelo.
     —Oh, por supuesto —el hombre halagado, explicó la dirección con celeridad.
     —Entiendo perfectamente, ¿y qué caminos de esta ciudad deberían evitar los hombres de vuestra distinción?
     —Bueno —el sujeto meditó el asunto un instante mirando la calle en la dirección que llevaba el grupo—, a un par de cuadras de acá cruzando por la derecha, ese camino lleva a un barrio de cuidado, está lleno de prostitutas, borrachos y criminales.
     —¡Gracias, mi señor! Nos ha sido de gran ayuda.
     El hombre hizo una pequeña venia y siguió su camino.
     —Caballeros, ya sabemos cuál es nuestra ruta —comentó Jackirid, levantando sobre su cabeza una pequeña bolsa de cuero llena de monedas y reemprendiendo la marcha.
     —Eres un asco —comentó Gio por lo bajo.
    
     Cuando pasaron las dos cuadras Jackirid y Veher viraron a la derecha, tal como desaconsejó el hombre, Matías se sintió un poco atemorizado:
     —Eh… muchachos —dijo Matías—, ¿por allí no fue que el hombre dijo que quedaba el barrio peligroso?
     —Así es —comentó Veher con indiferencia.
     —¿No deberíamos entonces ir por otro lado? —preguntó Matías con cierta preocupación.
     —No si queremos encontrar a Ed —dijo Jackirid.
     Matías bufó y se volvió a unir al grupo.

     Recorrieron el barrio un buen rato, algunos hombres miraban al grupo de manera acechante, una que otra prostituta se les insinuaba. Llegaron a ver a un par de sujetos peleando encarnizadamente. Gente en el estado más deplorable, comiendo frutas podridas, niños zarrapastrosos y mugrientos corriendo y robando.
     Iban por una holgada vereda, bastante solitaria, cuando de pronto apareció un hombre, muy sucio y les habló:
     —Por favor, denme algo —dijo con tono lastimero—, apiádense de mí, no he comido en todo el día.
     —Olvídalo, fuera de aquí —dijo Jackirid inclemente.
     El hombre no aceptó la respuesta con agrado y sacó un enorme cuchillo. Matías se llevó la mano al alfanje, Veher estuvo atento de sacar el pincel.
     —Que conste que no quisieron darme nada por las buenas —dijo el hombre ahora con tono amenazante, de pronto otros cinco sujetos armados con sendas navajas y dagas aparecieron, flanqueándolos—, ahora tendrán que darnos algo a todos nosotros si no quieren morir desangrados aquí.
     Jackirid se mostraba indiferente pero imponente, caminó bastón en mano hacia el hombre, este retrocedió nervioso.
     —Lo único que tengo para ustedes… —Jackirid rebuscó en su camisa, sacó la bolsa de monedas, el hombre se relamió extasiado, como si hubiera conseguido lo que quería, amagó para agarrar la bolsa pero Jackirid fue más rápido— es dulce de escarmiento —y le golpeó el rostro fuertemente con el bastón.
     El hombre cayó inconsciente. Los otros hombres se abalanzaron contra el grupo al ataque, Matías sacó su alfanje y Veher el pincel, dos hombres fueron contra Jackirid y tres contra Veher y Matías.
     Jackirid rechazó las estocadas con su bastón y esquivaba con presteza, Veher comenzó a recitar mientras Matías lo cubría, la punta del pincel se iluminó y se dispuso a dibujar en el suelo, Jackirid en un momento logró repeler a sus adversarios, pronunció unas palabras y el bastón se convirtió en un alfanje, los hombres ante el asombro bajaron la guardia, Jackirid pudo despachar a uno a la vez que le quitó la daga, pero el otro se defendió con agilidad; Matías rodeado por los otros tres y con total inexperiencia, lanzó mandobles alejando a uno, alejando a otro, pero el tercero logró flanquearlo por la retaguardia, cuando estuvo a punto de clavarle la navaja en la espalda la punta de un puñal apareció repentinamente por su manzana de Adán y el sujeto cayó muerto instantáneamente revelando al fondo a su verdugo; Jackirid con su brazo derecho estirado por el lanzamiento, mientras que con el izquierdo apuntaba el alfanje al pecho del otro fulano en el piso.
     Los otros dos sujetos estaban por aprovechar la distracción de Matías para atacarlo, pero no pudieron moverse, sus pies habían sido arropados por un grueso manto de lodo que ascendía rápidamente hasta la cintura y se endureció como concreto, quedando atrapados, entraron en pánico y gritaban descontrolados sin poder zafarse. Matías y Veher aprovecharon la oportunidad para dejarlos inconscientes.
     —Qué asco, maté a un hombre —dijo Jackirid con desagrado—, bien —le habló al sujeto que tenía sometido—, ahora tú me vas a decir en dónde queda buen bar de mala muerte… —el hombre aterrado y sin poder hablar sólo alcanzó a señalar al fondo de la vereda—, ¡oh!, gracias, buen hombre —dijo Jackirid llevándose el alfanje al hombro y haciendo una pequeña reverencia con el sombrero, el hombre se levantó precariamente y huyó—, muchachos vámonos, tenemos que encontrar a…
     Repentinamente sonó un escándalo en una casa al final del sendero, un disparo, cosas tiradas, cristales quebrándose y los gritos de una mujer; Veher y Matías se reunieron rápidamente con Jackirid, se acercaron con cautela, de pronto la puerta de la casa fue derribada y un hombre con una pistola en la mano cayó inconsciente sobre esta, el trío se puso en guardia rápidamente y de la entrada emergió un hombre alto, fornido, sin camisa, repleto de tatuajes, con una pañoleta puesta y una larga melena. Luego apareció una mujer cubriendo su desnudez precariamente con una sábana, mirando preocupada al hombre desmayado, «¿Está muerto?» le preguntó al de la melena, «No, —respondió él— sólo está inconsciente, será mejor que te vayas antes de que despierte, porque se va a poner más bruto… ¿o prefieres que yo me lo lleve?»
     —¡Qué pasó? ¡Tu mujer te descubrió con otro tipo? —exclamó Jackirid. El hombre se giró y miró al grupo.
     —¡Que, te da celos que no seas tú, mariquito? —exclamó el sujeto, levantó los brazos y caminó hacia el grupo con gesto agresivo… luego afable y riéndose.
     —Hola, Ed —saludaron Gio y Veher.
     —¿Qué fue, todo bien? —Ed saludó al grupo animado, dando abrazos y luego se dirigió a Jackirid palmeándole el hombro— ¿Qué pasó, pato? ¿Qué hacen aquí?
     —Vinimos a buscarte —dijo Jackirid.
     —Pero buscameste, pues —dijo Ed y se carcajeó
     —Mira, gallo, es en serio, tenemos trabajo que hacer.
     —Sí va, papi —hablaba Ed con un tono muy amigable—, pero ¿no quieren un trago primero? Hay un bar muy brutal por a…
     —¡Ed! —exclamó la mujer—, ¡qué hago?
     —Oh… disculpen, tengo un… la tipa esta… —señaló a la mujer, Jackirid y Veher concedieron con costumbre—, je, je, ya va, ya vengo.
     La mujer estaba al borde de un colapso, Ed trataba de calmarla, ella veía al hombre en el suelo, se llevaba una mano a la cara casi llorando, de pronto Jackirid se acercó:
     —Buenas tardes, señorita —le dijo con cierto tono, ella lo miraba incrédula—, lo que sea que mi amigo haya hecho habrá tenido sus buenas razones y yo lo apoyo y lo respaldo.
     —Oiga —habló la mujer con angustia—, no sé si ustedes tendrán algún código estúpido, pero eso no me va a salvar de que mi marido vaya a matarme cuando se recupere.
     —Y por eso digo que te tienes que ir —se adelantó Ed.
     —¡Y para dónde me voy a ir, idiota? —dijo la mujer ya con rabia— ¡Me vas a llevar contigo acaso?
     —¡No, no, yo no puedo!, pero por eso digo, si quieres me lo llevo —Ed señaló al hombre en el suelo— y ya veré qué yo qué hago con él.
     —Ay, no, qué desastre… —la mujer angustiada se tapaba la cara, luego se llevaba la mano a la cabeza.
     —Bueno, cumplo con decirle —Jackirid le habló a la mujer— que este dilema es culpa suya, nadie la manda a casarse con un tipo que la iba a querer matar después, mira si hasta tiene una pistola.
     —Eso es lo que yo siempre le digo —dijo Ed.
     —¡Siempre? —exclamó la mujer— ¡si apenas nos conocimos hoy!
     —Ja, ja, cierto —dijo Ed como recordando.
     —¡Y no venga usted a estarme echando culpa de nada! —le reclamó la mujer a Jackirid—, no sé qué hacer y ustedes lo menos que hacen es ayudar —y comenzó a llorar.
     Ed miró con reproche a Jackirid y con fastidio a la mujer llorando.
     —Ed, ¿tú no te cansas de lo mismo todo el tiempo?
     —¿Qué me voy a estar cansando, maricón?
     —Bueno, bueno —se apresuró Jackirid—, no se preocupe, ya voy a resolverle su problema. Por favor, no se asuste y confíe en mí.
     —Con todo respeto, señor —dijo la mujer—, pero usted no me parece de confianza.
     —Y no se equivoca al pensar así —dijo Jackirid con una sonrisa—, haber tenido esa intuición tan certera antes de casarse con este tipo, ¿eh?
     —Apúrate, ¿sí? —habló Gio— Y tú, mujer, a ver si haces algo al respecto con tu vida.
     La mujer al escuchar al sombrero se asustó y dejó escapar un grito.
     —Por favor, señora, cálmese —dijo Jackirid—. ¿Ves, Gio?, la gente se asusta es cuando tú hablas.
     —Ven —dijo Ed tomando a la mujer entre sus brazos—, ya vamos a solucionar.
     La mujer, estaba nerviosa, miraba a su marido en el suelo, tratando de ignorar lo que hacía Jackirid, este mientras tanto hizo unos movimientos con su bastón, pronunció unas palabras, luego se lo colocó en la cabeza a la mujer y esta se desmayó. Ed hizo lo propio llevándola a la habitación, el hombre comenzaba a recobrar la conciencia cuando Ed y Jack salían de la casa, Ed no perdió el tiempo volvió a noquear al sujeto y se llevó la pistola.


V

Jackirid estalló en carcajadas con Ed contándole la anécdota de Matías en la plancha, Veher y Gio ya no se reían tanto del chiste repetido.
     —¡Cantinero! —llamó Ed—, ¡mande dos botellas más de vino!
     El cantinero mandó a un muchacho con el pedido. Pese a la fachada poco aparatosa en el exterior, por dentro el lugar era amplio y había bastante movimiento, sujetos de aspecto temible armados con estoques, cuchillos, uno que otro con pistolas de chispa. Grupos de hombres animados jugando a las cartas y también estaban los que bebían solitarios. Al fondo, sobre una pequeña tarima, tocaba y cantaba un curioso trío de vihuela, flauta y violín y en torno a ellos hombres y mujeres que bebían, bailaban y palmeaban animados.
     —Por cierto, Jack —comentó Ed—, ¿le borraste la mente a la mujer para que olvidara lo ocurrido o a su marido?
     —No. Sólo la dormí para que dejara de molestar.
     —Maldición, Jack… sí sabes que la va a matar ¿no?
     —Bueno… a ella le dejé un regalito —Jack le guiñó un ojo a Ed y estallaron en carcajadas.
     —Ahora sí, señoritas —dijo Ed—, cuéntenme, ¿cuál es el plan?
     Gio y Veher se encargaron de contar los últimos sucesos y los detalles de la empresa a Ed. Matías hacía algún comentario complementario. Jackirid se comenzó a mostrar taciturno conforme avanzaba la conversación, algo le inquietaba aunque no lograba saber qué era, tenía un presentimiento pero no sabía de qué.

     —Bueno, chicas —dijo Ed acabando la última botella de vino—, deberíamos ir agarrando camino. Jackirid lleva rato como un marico triste y eso no me gusta nada, la última vez que se puso así nos tocó luchar contra un par de dioses y un asqueroso monstruo marino.
     Matías se estremeció un poco al escuchar aquello, por alguna razón le resultaba familiar.
     —Tienes razón —convino Jackirid—, iré a pedir un par de botellas más y nos vamos.
     Jackirid se levantó y caminó hacia la barra, sacando la pequeña bolsa de dinero, iba a llamar al cantinero cuando de pronto escuchó una voz femenina que conocía muy bien.
     —¿Aquí sí pagarás tu cuenta, mi querido capitán?
     Allí estaba a su lado, cubriendo su rostro con una caperuza negra. Jackirid se giró con cierto aire de complicidad.
     —¿Me vas a invitar un trago? —preguntó la mujer.
     —¡Maestro! —le habló al cantinero, le hizo una seña de que le trajera un trago a la mujer, luego se acercó muchísimo a ella—, ¿y tú qué me invitarás? —se acercó muchísimo, a punto de besarla.
     —Ja, ja —riendo grácil apartó con coqueteo a Jack mientras se mordía el labio inferior—, no te apresures, amado mío, disfruta el momento —la mujer dejó revelar un poco su hermoso rostro angelical y se le escaparon unos dulces crespos rojos como el fuego. El cantinero le colocó el trago a la mujer con total discreción.
     —El arte de la dilación —comentó Jackirid excitado— es la chispa que enciende el encanto y con justa razón —le tomó una mano y le acarició el rostro, la mujer sonreía—, pues el hombre más orgulloso, acaudalado y ostentoso se convierte en el más lastimero, desgraciado y exiguo una vez que prueba la gloria de tu dulce gracia —le pasó una mano por la pierna y ella se la retiró con donaire— y luego le es arrebatada… pero la paciencia es la virtud del sabio, según dicen…
     —¿Y tú, amado mío —dijo la mujer acariciándole el brazo a él ahora—, eres sabio?
     —Sólo soy elocuente —envolvió a la mujer con un brazo y la estrechó contra sí—, nunca me dejas nada fácil, pero aun así eres mi Fiovana.
     —Si tú no fueras tan lisonjero no serías mi Jackirid —dijo la mujer con una sonrisa sugerente.
     Se miraron con intensidad un instante y luego se besaron con desenfreno. Cuando se soltaron el semblante de la mujer se volvió parco, se cubrió el rostro con la caperuza nuevamente.
     —¿Qué tal si nos vamos a una pieza y… —dijo Jackirid animado.
     —Jack, tienes que irte cuanto antes —Lo interrumpió la mujer hablando bajo y con cierta diligencia.
     —¿Qué?, pero si apenas acabamos de vernos… —se apresuró Jackirid sin entender muy bien.
     —No, Jack, es en serio, no te puedes quedar es peligroso —la mujer miraba de un lado a otro con paranoia—, no sé cuánto tiempo más podré controlarlo, así que huye cuanto antes.
     —¿Por qué no vienes con nosotros? —le preguntó Jackirid—, estarás segura en el Bárbarah…
     La mujer no respondió nada y se volvió hacia la barra, Jackirid pidió las dos botellas de vino.
     —¿Qué pasa, Fiovana? ¿No me vas a decir nada?
     El cantinero colocó el pedido en la barra, Jackirid le lanzó la bolsa de monedas entera y cogió las dos botellas. Fiovana seguía en silencio, Jackirid un poco fastidiado decidió tomar su camino dejando a la mujer en lo suyo, pero esta lo detuvo tomándolo del brazo.
     —Te cuidado, Jack… —le dijo Fiovana por lo bajo.
     Jackirid severo esperó un instante por si la mujer tenía algo más que decir. Nada. Así que emprendió su marcha nuevamente, al llegar a la mesa hizo una seña, el grupo notó por el gesto del mago que algo no estaba bien, se levantaron rápidamente.
     —¿Qué pasó? —preguntó Gio mientras Jackirid se lo colocaba.
     De pronto Jackirid se giró con violencia y dibujando un arco con su bastón, se escuchó un golpe seco y un puñal se clavó en el suelo, la taberna quedó en silencio repentinamente, todos en el lugar se miraban entre sí y observaban el cuadro a la expectativa, Jackirid nada más podía ver esa mirada fría que pretendía desnudarle el alma y sólo un pensamiento pasó por su mente, mientras caía la caperuza negra y revelaba, ahora, a una hermosa rubia de semblante audaz y vulpino, «Zorra».
     —No… —dijo Gio por lo bajo.
     —Agh… —renegó Ed—, lo que faltaba.
     —¿Qué pasa?, ¿quién es ella? —preguntó Matías.
     —Fiovana… —dijo Veher con cierto resentimiento.
     Jackirid aun de pie, en un intenso cruce de miradas con la mujer, no lograba descifrar cuál sería su siguiente movimiento y la experiencia le decía que con esa mujer cualquier cosa era posible.
     —Ya me encargaré yo de esto —dijo Ed haciéndose paso entre sus compañeros, caminando hacia Fiovana.
     —¡No, Ed, espera! —dijo Jackirid tratando de detenerlo.
     Ed ignorando la advertencia de Jackirid siguió su rumbo, amenazante, cuando se encontraba a tres pasos de la mujer apenas si tuvo tiempo de esquivar una daga que salió de entre la multitud y se terminó clavando en la frente de un hombre, cayó al suelo, el grupo chequeó entre la multitud, Fiovana miraba con una sonrisa diabólica a Ed que aún estaba asombrado.
     —Que comience el baile —dijo la mujer.
     De pronto se desató un jaleo y una contienda general, salieron sables, estoques y dagas a la escena, volaban sillas, vasos y botellas y en un arrebato de anormal fusión con el ambiente se unieron vihuela, flauta y violín en agresiva y excitante melodía, los excéntricos bardos reían insanos y pérfidos mientras tocaban y pateaban a cualquier desgraciado que por voluntad o infortunio se acercaba a la tarima. El ambiente era electrizante, no se podría decir con certeza si la melodía era determinada por el fervor del momento o viceversa.
     Cuando Ed logró enfocarse Fiovana ya se había escurrido por las costuras de la reyerta, pero ante él aparecieron cuatro guerreros ka armados con sus espadas brillantes. Veher, con su pincel, y Matías, alfanje en mano, se cubrían apoyados uno contra la espalda del otro siendo rodeados por al menos seis guerreros ka. Jackirid seguía atónito, veía a Fiovana merodear y desaparecer entre las sombras de la taberna.
     Ed rápidamente agarró una silla y la arrojó contra el guerrero de la izquierda, y aprovechando su distracción mientras la esquivaba, se barrió quedando en una posición ventajosa y en dos movimientos desarmó al ka, haciéndose con la espada y despachándolo inmediatamente, el arma se sentía rara, como si de esta manara una misteriosa fuerza, pero no había tiempo de pensar en ello, los otros tres guerreros en un instante ya lo habían cercado.
     Veher y Matías, rodeados, se disponían únicamente para la defensiva, «¡Jack, el muchacho» exclamó Gio, Jackirid rápidamente se quitó el sombrero «¡Matías!» gritó, Matías miró, «¡Póntelo!» dijo Jack a la vez que le lanzaba el sombrero, el muchacho lo atajó en el aire y se lo colocó, los guerreros ka que los rodeaban se abalanzaron hacia él y Veher, pero Matías, sin saber cómo estaba ocurriendo, se defendió con presteza y atacó con pericia, desarmando y dejando fuera de combate a dos de los guerreros y manteniendo a raya al resto, Veher rápidamente se hizo con una de las espadas de los guerreros ka y comenzó a dibujar algo en la hoja mientras Matías lo cubría.
     Ed se defendía, atacaba y dominaba con gracia marcial acabando con uno, luego usando la fuerza del segundo en contra del tercero en una extraordinaria maniobra, pero en seguida lo rodearon seis  guerreros más apuntándolo con las espadas brillantes. Jackirid recorría el lugar cazando a Fiovana que se escabullía con sinuosidad. Matías luchaba con agilidad y grandes reflejos, aún sin saber cómo estaba ocurriendo, su cuerpo iba más rápido que su mente, sentía que casi no tenía control. Veher terminaba de hacer lo que estaba haciendo, el brillo de la espada pasó de ser blanco a naranja y una llamarada envolvió la hoja.
     Jackirid en hipócrita entrega y resignación logró dar con Fiovana a su espalda, amagó para atraparla, pero la mujer lo esquivó, Jackirid sacó su bastón «¡ateiuq!» gritó, un rayo salió de la punta, pero Fiovana lo rechazó con un pequeño bastón que sacó de la nada «Tú sabes que yo también puedo jugar a esto» le dijo, «Tú sabes que no me gustan jugar con rubias, ¿podrías hacerte pelirroja de nuevo y jugamos a la casita?» dijo Jackirid con insolencia, «Claro, ¡aquí tienes tu calor de hogar! ¡ogeuf!» y del bastón de Fiovana salió una gran llamarada que Jackirid apenas pudo esquivar «¿Ves?, después andas preguntando por qué te dejan», dijo Jackirid.
     Ed luchaba con garra, pero no pudo prever cuando uno de los guerreros disparó un rayo verde desde la espada golpeando la que él empuñaba, el poder le recorrió el cuerpo dejándolo inmóvil, los demás guerreros se acercaban rápidamente para dominarlo, cuando de pronto dos bolas de fuego golpearon a dos de estos, dejándolos fuera de combate inmediatamente; los demás guerreros miraron, Matías y Veher habían acabado con sus adversarios que yacían humeantes en el suelo, Matías empuñando el alfanje y Veher con una espada cuya hoja ardía en llamas.
     Jackirid y Fiovana bailaban una danza mágica y mortal entre golpes y hechizos, acabando con todo a su alrededor, los bardos se destacaban; de pronto, a la agresividad del violín, Jackirid comenzó a dominar la contienda cada vez más y más, de pronto Fiovana rubia se fue convirtiendo en la Fiovana pelirroja «Jack, no…» decía casi gimiendo de dolor, Jackirid bajó la guardia y, en la agresividad de la flauta, la Fiovana rubia se impuso con furia desmedida ante la debilidad del mago, desarmándolo y paralizándolo con un hechizo.
     Veher y Matías acudieron a la defensa de Ed, lanzando bolas de fuego y eliminando a cuanto guerrero intentara hacerle frente. Ed poco a poco comenzó a recuperar la movilidad de su cuerpo, Veher y Matías, en inusitada y armoniosa sincronía, acabaron con los guerreros ka que quedaban. Ed ya lograba moverse con cierta libertad. El grupo, rápidamente, decidió auxiliar a Jackirid, pero cuando iban a ello sonó un estruendo como un trueno, la música se detuvo en seco, la puerta de la taberna había sido abierta de par en par y de la entrada brotaron en tropel una cantidad ingente de guerreros ka, se contaban por docenas. El equipo pudo hacer poco o nada para defenderse hasta que fueron dominados con hechizos de inmovilidad.
     El lugar se sumió en una siniestra tiniebla auspiciada por el uniforme negro de los guerreros, la precaria luz de las antorchas parecía ser absorbida por el oscuro mar que gobernaba el recinto. De la entrada emergió impasible y rotundo, con gesto inclemente y mirada felina, Raan Suu encendiendo un cigarrillo y dando una profunda calada «Lamento la tardanza, ¿me perdí de algo?» dijo y botó el humo. «Descuiden, muchachos, tengo un plan» dijo Jackirid a duras penas en medio de su parálisis. 

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