martes, 14 de febrero de 2017

El sueño


"Los verdaderos amigos te apuñalan de frente", Oscar Wilde

Eduard sacó un cigarrillo de la caja de Marlboro, lo llevó a sus labios, pero no lo encendió, la rabia lo consumía. Miró un rato el paisaje con indiferencia mientras tarareaba suavemente el final de la canción Crimen de Gustavo CeratiY otro crimen quedará…, atardecía con hastío, ♪ Otro crimen quedará… la carretera no parecía tener fin ♪sin resolver…, «Hay que echar gasolina» comentó Steward sin ocultar su molestia, que tenía el turno al volante, «No debemos estar muy lejos de una estación de servicio» respondió el otro indiferente sin quitarse el cigarrillo de la boca. Silencio. La expectativa latente de cuál sería el siguiente tema en la reproducción aleatoria. De pronto, el lamento de una guitarra que creía comprender el mundomás de lo necesario cortó la yugular del silencio y tras ella se unieron unabatería, un bajo y otra guitarra, «Ufff… mi favorita del Artaud, definitivamente… ♪Toda, toda la ternura me darás♪» cantó Eduard suavemente para sí mismo. «Esto se merece un cigarrito» comentó Steward dejando de lado su mal humor Si te ofrezco ser parte de tu cuerpo♪, Eduard se animó también, sacó otro cigarrillo de la caja, se lo llevó a los labios, sacó el yesquero del bolsillo y prendió los dos cigarros a la vez. Le entregó el cigarro a su amigo.
     El ambiente comenzó a tomar otro cariz Y ya al acariciarme me darás los espejos que son de tu día del alma♪, Steward subió el volumen y coreó con ganas Mientras oigo trinos voces oigo más, son aquellos los dioses nos escuchaban♪, Eduard se animó aún más y se unió al canto, ambos en renovada amistad cantaron el coro a todo pulmón No estoy atado a ningún sueño ya, las habladurías del mundo, no pueden atraparnos, no, no, no♪ Y cantando, riendo y fumando, cuando menos lo esperaron llegaron a una gasolinera. Steward llenaba el tanque de la van, mientras Eduard iba a comprar otra caja de cigarros y un six-pack de curdas.
     «¡Hey!» llamó Eduard a Steward y le lanzó una cerveza, bebieron recostados del auto mientras se terminaba de llenar, «Viejo, discúlpame la vaina, de verdad no quise hacerte sentir mal» comentó Steward con cierto pesar, «Tranquilo, bro, no pasa nada» dijo Eduard para ambos, «Bueno, ya vengo, voy a mear» dijo Steward y se retiró.
     «El muchacho de la tienda me dijo que hay un hotel a unas cinco millas de aquí» comentó Steward al regreso, se montó de copiloto, Eduard ya había encendido la van, «¿Trajiste la fiesta?» preguntó Eduard, «Dormirás como un bebé» dijo Steward tras una risa. «Genial... ja, ja, dale, súbele a esa vaina» y animados arrancaron, cantando juntos a un suave ritmo funky ♪♫… no soy…un Dios… ni un desvelado Morfeo para entrar en tus sueños, tan solo… aquí…estoy…♫♪...




Dolina Snova
Matías Pisac


III


     —Vamos, Gio, no es para tanto —decía Jackirid—. Sólo fue un escape dramático.
     —Eso no cambia nada —contestó el sombrero calmo pero con rabia—, eres un imbécil y siempre lo serás. Un día de estos, no me cabe la menor duda, una de esas payasadas tuyas me costará muy caro a mí.
     —¿Qué es lo peor que puede pasar?, ¿Qué te agarre un sastre y comience a picar por aquí y por allá para ponerle parches a un pantalón o a una camisa?
     —Sólo piensa qué será de ti si eso me llegara a pasar.
     —¡Bah…!
     —¿Perder el sombrero por descuido e idiotez?, huy…
     —¿Cuántas veces no te he salvado en último instante?
     —No sé, tú, pero en mi concepto de salvar no está incluida la parte en la que el salvador sea el mismo que pone en riesgo al salvado.
     —Al menos admite que fue un escape genial —Jackirid se rió.
     El sombrero no dijo más nada. El ambiente estaba tenso, el grupo caminaba con paso relajado, el nuevo paraje era una llanura de suelo rojizo del mismo material parecido a la cera como el del lugar que habían dejado atrás, se levantaban algunas colinas a los lados y el camino se dibujaba como una acera larguísima y un poco estrecha, como para tres caminantes máximo, en el horizonte se observaba una montaña atenuada por la distancia. El cielo dibujaba auroras boreales ya de color rojo y el lugar se sentía mejor iluminado.
     —Veher —habló Matías—, si puedes crear portales ¿por qué no haces uno que nos lleve directamente a la biblioteca?
     —No es tan fácil como parece —dijo el dibujante.
     —¿Qué pasa?
     —La biblioteca —intervino el sombrero— no está en un lugar en específico, ella aparece por aquí, luego por allá, hay que cazarla y en mi experiencia es más fácil dar con ella a pie.
     —¡Ja! A pie, dice… —bufó Jackirid con sarcasmo.
     —Azebac ed ranimac ogah et… —comenzó a recitar Gio.
     —¡Hey, hey!, ¡es broma, no te molestes! —se apresuró Jackirid.
     —Bien… como decía, es más fácil dar con la biblioteca haciendo el recorrido a pie, porque ella al parecer siente que la están buscando, entonces busca a quien la busca, por eso si vamos viajando de portal en portal se hará más complicado dar con nosotros.
     —¿Cuánto tiempo puede tardar en aparecer?
     —Es incierto, sobretodo porque aquí no existe el tiempo, un instante puede ser una eternidad y viceversa.
     —Bueno, pero es que el tiempo sólo es una relación entre distancia y rapidez, aunque el tiempo no exista es posible calcularlo —Matías veía a Gio mientras explicaba—, si corres puedes recorrer una distancia en menor tiempo que alguien que está caminando, Jackirid tuvo que correr, por ejemplo, para llegar al portal antes que los guerreros.
     —Sí, pues, tu lógica puede funcionar muchas veces. Pero aun así no explica cómo es que ya estamos a menos de un kilómetro de esa montaña que apenas se veía hace un instante.
     Matías miró al frente.
     —¡Mierda! —se quedó paralizado—, ¡pero qué…!
     —Ya te acostumbrarás —dijo Veher—, no dejes que esto te abrume, créeme que este lugar guarda muchas más sorpresas.
     Matías reemprendió la caminata, aún desconcertado, mirando con inquietud la gran montaña que se alzaba delante de él. Los demás iniciaron una entretenida conversación que él ignoró por completo, rodeaban la falda de la montaña, ¿cómo era posible aquello?, ¿qué era ese lugar?, ¿cómo había llegado allí?, ¿sería un sueño? Dio un pequeño brinco tratando de flotar… nada… se jaló un dedo tratando de estirarlo… nada tampoco, ya había tenido experiencias con sueños lúcidos, pero nada que ver.
     Después de un rato, se toparon con lo que parecía ser una playa, todos se detuvieron extasiados mirando el lugar. La montaña se unía a donde se suponía que debía estar la arena, y donde tenía que haber agua,sólo había una espesa neblina de diversos colores, estos colores no se mezclaban entre sí, de hecho cada color era como una nube, le llamó la atención una de un color verde casi marrón que nunca había visto, de pronto la nube fue disminuyendo de tamaño hasta desaparecer, inmediatamente se comenzó a formar en su lugar una nube de color naranja. A unos doscientos metros había un muelle, cuando Jackirid lo vio sonrió con malicia.
     —Este lugar… —habló Veher entre el temor y el asombro—, me recuerda al Dolina Kaprys, pero no es el Dolina Kaprys.
     —No, amigo mío —dijo Jackirid con satisfacción satánica—, este es el Dolina Snova.
     —Maldita sea… lo que faltaba —dijo el sombrero.
     —¿Qué es el Dolina Snova? —preguntó Matías.
     Jackirid se carcajeó.
     —Esto, joven escritor, es el valle de los sueños, coincide con la descripción que me dio Rob el otro día —se frotó las manos y comenzó a caminar hacia el muelle y todos detrás de él—, lo de aquí no son fantasías sino sueños, vienen y se van, es una demencia, ¡me encanta!
     —Jack, no te atrevas, es peligroso. Es muy inestable.
     —No seas aguafiestas, Gio, vamos a divertirnos, no me vayas a decir que no quieres disfrutar otra aventura con tu pirata favorito.
     —Esto no es el Dolina Kaprys, Jack, esto es muy serio —reprochaba el sombrero.
     —Maese Jackirid, no quiero ser impertinente, pero creo que el sombrero tiene razón.
     Matías escuchaba en silencio, con miedo de siquiera preguntar. Llegaron al muelle y lo pasearon hasta el final, Jackirid observaba el mar de nubes amorfas con ilusión infantil y malicia añeja. Sonrió para sí.
     —¿Podrías dibujar un paisaje como este, amigo mío? —le pasó la mano por el hombro a Veher.
     —Por supuesto, tal vez un poco más bonito incluso —contestó este con propiedad.
     —No te atrevas a mancillar esta belleza con tus libertades… aunque sé que tienes razón.
     —A mí me parece aterrador —dijo Gio—, Jack… no lo hagas, por favor.
     —Matías, ¿no crees que para escribir la mejor historia de tu mundo lo mejor es vivir grandes experiencias y experimentar cosas que más nadie haya experimentado?
      Matías no dijo nada, seguía anonadado, Jackirid miraba el lugar hechizado.
     —Pero por grande que sean las experiencias —prosiguió el mago en un tono descaradamente persuasivo— no hay nada peor que quedarse solo, solo, soliiiiito en un lugar tan impredecible, que no tienes idea de cómo funciona y pensar, además, que hayan unos sujetos buscándote je, je, je… quién sabe con qué propósito.
     —¿A mí? —preguntó Matías aterrado.
     —Al menos eso deduzco, porque lo que es a nosotros nunca nos buscan con esa diligencia, a pesar de que ya me he metido en varios problemas —miraba atentamente la fluctuación de nubes cercanas—, definitivamente no sería buena idea que te quedaras solo y menos por estas tierras, ¡no, no, no!, mala, mala idea.
     —¿Qué pretendes, Jack? —preguntó Gio con tono aprensivo.
     —Nada, mi buen Boshi —se rió—, sólo advierto a nuestro nuevo amigo de lo impredecible que es el Bárbarah y que no debería quedarse solo porque puede pasarle algo malo y mucho menos aún si tiene intenciones de regresar a su mundo, ¿tengo o no tengo razón?
     —Razón tienes, lo que no me agrada es tu repentino y sinuoso tono amigable.
     —No, pues, yo sólo digo —rió de nuevo, se quedó mirando fijamente un lugar en el mar de nubes, una estaba desapareciendo, salió una nueva de un extraño color azul con rojo y negro, lo señaló con el dedo mientras aún sostenía a Veher por el hombro—, me gusta ese color, ¿crees que podrías replicarlo Veher?
     —¿Cuál, maese Jackirid? —Veher se acomodó para ver mejor.
     —¡Veher, no! —gritó el sombrero.
     Pero fue demasiado tarde, Jackirid lo empujó hacia la nube y este cayó directo.
     —¡Maldita sea, Jackirid! —gritó Gio.
     —¡Vamos allá! —exclamó Jackirid, se echó a reír y saltó a la nube.
     Matías vio la escena sin saber qué hacer, miró alrededor, solo de nuevo… o no tan solo, a un lado de la montaña vio aparecer algunas de las figuras de negro: guerreros. Recordó lo que le acababa de decir Jackirid, miró la nube a la que había saltado el mago, miró a los hombres correr hacia donde estaba él mientras sacaban sus armas.
     —¡Coñísimo de la madre!
     Y saltó.


VI

A Freddy, Jonathan, Juan José y Jeanna. En ese orden.

El descenso fue sutil, como nadar pero aún más ligero. Primero hubo mucha bruma, un montón de formas a medio pensar y medio iniciar, colores de todo tipo pero principalmente tonalidades oscuras, sonidos ahogados e imprecisos. De pronto tocaron lo que parecía ser el suelo, se sentía poco firme, se mantuvieron cerca unos de otros.
     De pronto se comenzó a disipar la bruma y comenzaron a tomar formas varias cosas aunque nada minucioso y en colores poco habituales: un bote de basura, un callejón, la acera, la calle, el cielo verde y las nubes moradas, un vecindario mínimo de edificios, tres, uno incierto, otro irrelevante y el último más lógico.
     —Rob me dijo —susurró Jackirid— que los sueños son una representación del subconsciente del soñador, todo lo que hay forma parte de su mente y de él mismo o algo así, que lo mejor es no alterar mucho las cosas del sueño porque puede despertar.
     —¿Y si despierta qué pasa? —preguntó Matías esperando lo peor.
     —Nos jodemos —respondió Gio con rabia.
     Matías tragó pesado.
     —Lo mejor será mantenernos con cautela —dijo Jackirid tomando asiento en una suerte de banco que apareció junto al edificio incierto.
     —Lo mejor habría sido no saltar para acá —reprochó el sombrero.
     —Creo que inevitablemente íbamos a hacerlo —dijo Matías— cuando salté habían salido unos guerreros.
     —Tranquilo, Gio —habló calmado Jackirid— a cualquier cosa extraña Veher rápidamente hará un portal a la cantina de Rob y nos vamos. Pero mientras —se recostó de la pared del edificio— disfrutemos del espectáculo —miró a un lado y a otro, todo estaba quieto— si es que llega a suceder algo, claro… ¡oh, por supuesto!, mira, ahí viene un sujeto… ¡Hola!
     Un sujeto muy brillante pasaba por allí, saludó a Jackirid con cierta indiferencia.
     —Cálmate, maldita sea, harás que nos maten —le reprochó Gio.
     —No quiero perderme de nada —dijo Jackirid, sacó el bastón, dijo unas palabras, la punta del bastón brillo y una ola azul golpeó suavemente los ojos del grupo y sentados, comenzaron a ver lo que parecía ser el punto de vista del soñador —, ¡vaya!, funcionó…

Steward se miró en el espejo, tenía pintada la cara de blanco, de negro en el área de los ojos y los labios, como un blackmetalero, estudió su maquillaje un rato, ¿habría dormido así?, no estaba mal, la verdad, tal vez iría a grabar un video… o no. Se lavó las manos y salió del baño.

     —Están buenas —le dijo Eduard mientras le daba un mordisco a la empanada de pollo y cazón, tenía su típico traje de hacer las rondas—, ¿quieres otra?
     —Para llevar —respondió Steward.
     Sentados en el pequeño quiosco frente al edificio incierto miraron hacia el edificio más lógico, el edificio irrelevante estaba en el medio pero más al fondo, la formación describía una pequeña plaza entre los tres edificios. A Steward le llamó la atención la escalera zigzagueante que subía por la pared izquierda del edificio más lógico –la que daba con la plaza-, centró su atención, específicamente en el segundo piso.
     Fue con Eduard, se pararon frente a la puerta del apartamento que daba con la escalera. Entraron, recorrieron la pequeña sala, miraron todo el lugar sin prestar mucha atención, finalmente llegaron a la habitación principal, intensos haz de luz, que escapaban de la gruesa persiana vertical tras las amplias puertas de cristal que definían la pared de la derecha, dibujaban un patrón a rayas de luz y sombra en toda la habitación. Y en la cama, en necrológica sensualidad, yacía inerte el cuerpo de Rebecca, como si durmiera. Vestía una camiseta blanca y un pantalón negro. Los hombres miraron satisfechos el cuadro, volvieron sobre sus pasos y fueron a la cocina, Steward sacó un par de cervezas de la nevera, le dio una a Eduard, se sentaron a la pequeña mesa de mármol que separaba la sala de la cocina. Steward dio un trago largo:
     —Aaah… está buenísima —dijo.
     —Sí… —dijo Eduard, bebiendo un trago también— y la cerveza también.
     Se carcajearon. Steward sacó sus empanadas que pidió para llevar y comenzó a comer, Eduard se fue.

     Steward estaba sentado en la escalera, frente al apartamento de Rebecca, vio llegar a Marta, recordó haberla llamado la noche anterior para que fuese a ver el caso. Marta estuvo un momento parada frente a la puerta, como esperando por alguien, Steward fumaba inclemente. De pronto Eduard llegó a toda prisa al piso, miró a Marta:
     —Ejm… Hola, yo —señaló a la puerta—, ya estoy encargado de este caso.
     Marta lo miró de arriba bajo.
     —Lo siento, no trabajo con aficionados —se acercó a la puerta para abrirla.
     Eduard, con aire altanero saca una tarjeta de su jersey y se la entrega a Marta, ella la revisa, era un cupón de descuentos para donas y rosquillas en una tienda cercana, miró con interrogación y confusión a Eduard, este se encogió de hombros con indiferencia e hilaridad, Marta le reviró los ojos con hastío:
     —Ay, por favor, Eduard, fuera de aquí.
     Eduard se rió y se fue. Marta entró al apartamento y Steward tras ella, comentándole que fue él quien la llamó y requirió de sus servicios. Ella se dispuso a revisar la casa en busca de pistas, miró la escena de Rebecca. Marta interrogó un rato a Steward:
     —Sí, éramos amigo, yo fui el último en verla, fue aquí mismo.
     —¿Ah, sí? —inquirió Marta sospechando algo.
     —Sí, como te dije, era mi amigo —contestó nervioso—, la vine a visitar como de costumbre. Estuvimos hablando un rato, luego fui a lavarme la cara —señaló su cara, aún pintada como blackmetalero— y cuando regresé estaba ahí muerta.
     Marta pareció creerle, y comenzó a recoger sus cosas.
     —Bueno, gracias por su colaboración, no quiero molestarlo más.
     —Oh, no es molestia, ¿no quisiera tomar algo?
     —¿Tomar algo?
     —Sí, un jugo, una cerveza, ¿algo?
     —Lo siento, pero…
     —Iré al grano, Marta, eres una mujer hermosa y quiero ver hasta dónde puedo llegar con usted.
     Marta lo miró incrédula… luego deseosa. Se besaron y se tocaron con desenfreno un buen rato, se acostaron junto al cuerpo de Rebecca. En un momento Steward se levantó y fue al baño de la habitación a lavarse la cara, Marta fingía dormir, sintió llegar a Steward y lo miró por primera vez sin el maquillaje blackmetalero.
     —¿No tenías pintura en la cara?
     —Me parece que no…
     Marta meditó el asunto un momento, luego le restó importancia. Se levantó, se arregló y se fue. Steward se acostó y abrazó al cadaver… enamorado.

     Pasan los días. Eduard comienza a visitarlo en las mañanas con empanadas y una caja de cigarrillos. Marta comienza a visitar en las tardes el apartamento para seguir investigando y cubriendo la escena. Steward, enamorado, sigue pasando las noches con el cuerpo de Rebecca, que no deja de irradiar belleza y no se pudre… que se mantiene bien conservado.

     Una noche escucha unos ruidos en el apartamento, nota que el cuerpo ya no está en la cama. Siente un celaje pasar por el baño, va a revisar: nada. Mira a la cama, el cuerpo sigue ausente. Siente otro celaje, del cuarto a la sala, esta vez le pareció notar una larga cabellera, como la de Rebecca; sale con cautela, cuidadosamente se asoma a la cocina, ahí estaba, de espaldas, la cola de caballo, la camiseta blanca y el pantalón negro. Luego de un instante terminó por ignorar el asunto y se fue a dormir.
     Al día siguiente, la misma rutina, la visita matutina de Eduard. Marta llegó un poco más tarde que de costumbre, llevó una botella de vino y un par de copas, Marta ignoró por completo la ausencia del cuerpo, así que bebieron y se emborracharon; a la media noche Steward despierta solo, nuevamente, escucha ruidos en la cocina, así que se levanta y sale, vuelve a observar a la figura de espalda, larga cabellera, camiseta blanca y pantalón negro, esta roba las copas que Marta había llevado temprano, él corre, la figura se gira, no es Rebecca, es un hombre, sin meditarlo mucho golpea fuertemente a Steward en el rostro…

     —Muchachos, atentos —dijo Jackirid levantándose—, Veher, prepárate.

     El hombre corre a la puerta y sale, Steward va tras él.

     Jackirid comienza a pronunciar el hechizo y todos pierden la visión del punto de vista de Steward. Miran al edificio más lógico y allí estaba corriendo, un hombre de melena, con camiseta blanca, pantalones negros y dos copas en las manos y Steward tras él. El lugar estaba comenzando a temblar. Veher comenzó a pronunciar rápido sus palabras, pero se trancaba y pronunciaba mal algunas de ellas, la punta del pincel se encendía y se apagaba.
     —Será mejor que te apures, Veher —dijo Jackirid algo serio.
     —¿No querías aventuras, pues? —le dijo Gio.
    
     El hombre bajaba las escaleras a gran velocidad, tiró las copas a la planta baja, del lado de la plaza, estas cayeron firmes y sin romperse, Steward no podía seguirle el paso. El lugar temblaba más, Veher aún no podía crear el portal. Matías miró a su alrededor buscando soluciones, se palpó los bolsillos, sintió la hoja de papel y el lápiz.
     —¡Apúrate, maldita sea! —exclamó Jackirid.
     —¡Jack!, —habló Matías— ¿eres capaz de borrarme la memoria al menos unos treinta o cuarenta segundos atrás?
     —¡Qué te pasa, muchacho?, ¡acaso no ves que…
     —¡Coño de la madre!, ¿puedes o no puedes?
     Steward de pronto estaba en la cornisa del edificio irrelevante, caminando errante, era un piso quince más o menos. Cada vez temblaba con más fuerza.
     —¡Mierda, ese loco nos va a matar! —exclamó Gio
     —¡Jack, puedes hacerlo? —exclamó Matías con desespero.
     —¡Sí, sí!
     —¡Bien! —Matías miró a Steward caminando por la cornisa—, Jack, cuando yo te entregue esta hoja me borras la memoria de cuarenta segundos y lo destruyes sin mirar su contenido, ¿entendido? —Jackirid, perplejo, no dijo nada— ¡Entendido?
     —¡Sí, sí, dale!
     —Espero que funcione…
     Matías bosquejeó algo en la hoja y escribió algo a velocidad mientras Jackirid preparaba el hechizo, dobló el papel y se lo entregó, la punta del bastón brilló y la posó como pudo en la cabeza del muchacho, este se desmayó, Veher lo auxilió, comenzaron a caer unos escombros del edificio incierto, el edificio irrelevante comenzaba a resquebrajarse, Jackirid comenzó a romper el papel en pedazos sin verlo, Steward se tropezó y comenzó a caer.
     —Yo sabía esa vaina… —dijo Veher como resignado, negando por lo bajo. Pero a su lado se abrió lo que parecía ser un portal— ¡Mierda!
     —¡Salta! ¡Salta! —le gritó Jackirid, corriendo hacia el portal.
     Veher haciendo acopio de fuerza, cargó, como pudo, al desmayado Matías y brincó al portal, Steward se precipitaba hacia el suelo, Jackirid saltó, a un instante del choque… la nube azul con rojo y negro desapareció del mar del Dolina Snova y en su lugar apareció una nueva nube de color rosa. Y un grupo de guerreros, ajeno a cualquier suceso onírico, vigilaba el muelle.


Epílogo al despertar

Steward despertó agitado. La habitación estaba casi oscura, una delgada cortina filtraba la luz exterior. Tiró la vista a la cama donde se había acostado Eduard, no estaba, sólo vio algunas botellas de cerveza, la caja de cigarrillos. Supuso que su amigo estaría en el baño o habría salido a hacer algo. Encendió un cigarro y lo fumó sentado al borde de la cama, esperando a Eduard. Cavilando, no podía perdonarse a sí mismo haber traicionado a su amigo como lo hizo y que aun así este lo perdonara, sentía que no merecía su amistad. Qué grande, qué amigo. «Mejor que te la gozaras tú y no otro, al menos el asunto queda entre nosotros, ¿no?» Le había dicho Eduard, «Hermano, pero Rebecca… coño… de verdad que no me lo perdono» se lamentaba Steward, «No te mortifiques, viéndolo de otra forma, tú me ayudaste a descubrir a esa desgraciada, si no se iba contigo se iba a ir con otro y ahí sí iba a hacer yo mi buen papel de cabrón, si ella de verdad hubiera sido verdaderamente una buena mujer no te habría buscado fiesta», «Y si yo hubiera sido un buen amigo no la habría dejado seguir adelante»… y así continuó la conversación hasta la catarsis.
     Steward fumaba sintiendo el peso de la conciencia, este episodio marcaría un antes y un después en la amistad, ahora se esforzaría más que nunca en cuidar esa amistad de años. Dio una calada al cigarro, y dos y tres, aspiraba profundo y exhalaba largo. A su espalda emergió de las sombras una figura, empuñando en lo alto un larguísimo cuchillo, «Hermano» escuchó Steward, se giró y antes de siquiera notarlo recibió al menos unas treinta puñaladas.

     Cuando la gente del hotel notó el fuego que salía de la habitación 6-B, Eduard ya se encontraba a por lo menos unos diez kilómetros sin intenciones de detenerse ni de volver atrás. Una nueva vida lo esperaba en el horizonte mientras fumaba un cigarrillo y cantaba un Bolero infernal Chocan mil fierros y se retuercen, crecen las llamas en mis techos, vuelan mis balas perdidas, vuelvan perdidas… porque no te encuentran♪♫…

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