"Los verdaderos amigos te apuñalan de frente", Oscar Wilde
Eduard
sacó un cigarrillo de la caja de Marlboro, lo llevó a sus labios, pero no lo
encendió, la rabia lo consumía. Miró un rato el paisaje con indiferencia
mientras tarareaba suavemente el final de la canción Crimen de Gustavo Cerati ♪♫… Y
otro crimen quedará…♪♫,
atardecía con hastío, ♪♫… Otro crimen
quedará…♪♫ la
carretera no parecía tener fin ♪♫… sin
resolver…♪♫, «Hay que
echar gasolina» comentó Steward sin ocultar su molestia, que tenía el turno al
volante, «No debemos estar muy lejos de una estación de servicio» respondió el
otro indiferente sin quitarse el cigarrillo de la boca. Silencio. La
expectativa latente de cuál sería el siguiente tema en la reproducción
aleatoria. De pronto, el lamento de una guitarra que creía comprender el mundomás de lo necesario cortó la yugular del silencio y tras ella se unieron unabatería, un bajo y otra guitarra, «Ufff… mi
favorita del Artaud, definitivamente… ♪♫Toda, toda la ternura me
darás♪♫» cantó Eduard suavemente para sí mismo. «Esto se merece
un cigarrito» comentó Steward dejando de lado su mal humor ♪♫Si te ofrezco ser
parte de tu cuerpo♪♫, Eduard se animó también, sacó otro cigarrillo de la
caja, se lo llevó a los labios, sacó el yesquero del bolsillo y prendió los dos
cigarros a la vez. Le entregó el cigarro a su amigo.
El ambiente comenzó a tomar otro cariz ♪♫Y ya al acariciarme me darás los espejos que son de tu
día del alma♪♫, Steward subió el
volumen y coreó con ganas ♪♫Mientras oigo
trinos voces oigo más, son aquellos los dioses nos escuchaban♪♫, Eduard se animó aún más y se unió al canto, ambos en
renovada amistad cantaron el coro a todo pulmón ♪♫No estoy atado a ningún sueño ya, las habladurías del
mundo, no pueden atraparnos, no, no, no♪♫ Y cantando, riendo y fumando, cuando menos lo esperaron llegaron a una
gasolinera. Steward llenaba el tanque de la van, mientras Eduard iba a comprar
otra caja de cigarros y un six-pack de curdas.
«¡Hey!» llamó Eduard a Steward y
le lanzó una cerveza, bebieron recostados del auto mientras se terminaba de
llenar, «Viejo, discúlpame la vaina, de verdad no quise hacerte sentir mal»
comentó Steward con cierto pesar, «Tranquilo, bro, no pasa nada» dijo Eduard
para ambos, «Bueno, ya vengo, voy a mear» dijo Steward y se retiró.
«El muchacho de la tienda me dijo que hay un hotel a unas cinco millas de aquí» comentó Steward al regreso, se montó de copiloto, Eduard ya había encendido la van, «¿Trajiste la fiesta?» preguntó Eduard, «Dormirás como un bebé» dijo Steward tras una risa. «Genial... ja, ja, dale, súbele a esa vaina» y animados arrancaron, cantando juntos a un suave ritmo funky ♪♫… no soy…un Dios… ni un desvelado Morfeo para entrar en tus sueños, tan solo… aquí…estoy…♫♪...
Dolina Snova
Matías Pisac
Matías Pisac
III
—Vamos, Gio, no es para tanto —decía
Jackirid—. Sólo fue un escape dramático.
—Eso no cambia nada —contestó el sombrero
calmo pero con rabia—, eres un imbécil y siempre lo serás. Un día de estos, no
me cabe la menor duda, una de esas payasadas tuyas me costará muy caro a mí.
—¿Qué es lo peor que puede pasar?, ¿Qué te
agarre un sastre y comience a picar por aquí y por allá para ponerle parches a
un pantalón o a una camisa?
—Sólo piensa qué será de ti si eso me
llegara a pasar.
—¡Bah…!
—¿Perder el sombrero por descuido e
idiotez?, huy…
—¿Cuántas veces no te he salvado en último
instante?
—No sé, tú, pero en mi concepto de salvar
no está incluida la parte en la que el salvador sea el mismo que pone en riesgo
al salvado.
—Al menos admite que fue un escape genial
—Jackirid se rió.
El sombrero no dijo más nada. El ambiente
estaba tenso, el grupo caminaba con paso relajado, el nuevo paraje era una
llanura de suelo rojizo del mismo material parecido a la cera como el del lugar
que habían dejado atrás, se levantaban algunas colinas a los lados y el camino
se dibujaba como una acera larguísima y un poco estrecha, como para tres
caminantes máximo, en el horizonte se observaba una montaña atenuada por la
distancia. El cielo dibujaba auroras boreales ya de color rojo y el lugar se
sentía mejor iluminado.
—Veher —habló Matías—, si puedes crear
portales ¿por qué no haces uno que nos lleve directamente a la biblioteca?
—No es tan fácil como parece —dijo el
dibujante.
—¿Qué pasa?
—La biblioteca —intervino el sombrero— no
está en un lugar en específico, ella aparece por aquí, luego por allá, hay que
cazarla y en mi experiencia es más fácil dar con ella a pie.
—¡Ja! A pie, dice… —bufó Jackirid con
sarcasmo.
—Azebac
ed ranimac ogah et… —comenzó a recitar Gio.
—¡Hey, hey!, ¡es broma, no te molestes!
—se apresuró Jackirid.
—Bien… como decía, es más fácil dar con la
biblioteca haciendo el recorrido a pie, porque ella al parecer siente que la
están buscando, entonces busca a quien la busca, por eso si vamos viajando de
portal en portal se hará más complicado dar con nosotros.
—¿Cuánto tiempo puede tardar en aparecer?
—Es incierto, sobretodo porque aquí no
existe el tiempo, un instante puede ser una eternidad y viceversa.
—Bueno, pero es que el tiempo sólo es una
relación entre distancia y rapidez, aunque el tiempo no exista es posible
calcularlo —Matías veía a Gio mientras explicaba—, si corres puedes recorrer
una distancia en menor tiempo que alguien que está caminando, Jackirid tuvo que
correr, por ejemplo, para llegar al portal antes que los guerreros.
—Sí, pues, tu lógica puede funcionar
muchas veces. Pero aun así no explica cómo es que ya estamos a menos de un
kilómetro de esa montaña que apenas se veía hace un instante.
Matías miró al frente.
—¡Mierda! —se quedó paralizado—, ¡pero
qué…!
—Ya te acostumbrarás —dijo Veher—, no
dejes que esto te abrume, créeme que este lugar guarda muchas más sorpresas.
Matías reemprendió la caminata, aún
desconcertado, mirando con inquietud la gran montaña que se alzaba delante de
él. Los demás iniciaron una entretenida conversación que él ignoró por
completo, rodeaban la falda de la montaña, ¿cómo era posible aquello?, ¿qué era
ese lugar?, ¿cómo había llegado allí?, ¿sería un sueño? Dio un pequeño brinco
tratando de flotar… nada… se jaló un dedo tratando de estirarlo… nada tampoco,
ya había tenido experiencias con sueños lúcidos, pero nada que ver.
Después de un rato, se toparon con lo que
parecía ser una playa, todos se detuvieron extasiados mirando el lugar. La
montaña se unía a donde se suponía que debía estar la arena, y donde tenía que
haber agua,sólo había una espesa neblina de diversos colores, estos colores no
se mezclaban entre sí, de hecho cada color era como una nube, le llamó la
atención una de un color verde casi marrón que nunca había visto, de pronto la
nube fue disminuyendo de tamaño hasta desaparecer, inmediatamente se comenzó a formar
en su lugar una nube de color naranja. A unos doscientos metros había un
muelle, cuando Jackirid lo vio sonrió con malicia.
—Este lugar… —habló Veher entre el temor y
el asombro—, me recuerda al Dolina Kaprys, pero no es el Dolina Kaprys.
—No, amigo mío —dijo Jackirid con
satisfacción satánica—, este es el Dolina Snova.
—Maldita sea… lo que faltaba —dijo el
sombrero.
—¿Qué es el Dolina Snova? —preguntó
Matías.
Jackirid se carcajeó.
—Esto, joven escritor, es el valle de los
sueños, coincide con la descripción que me dio Rob el otro día —se frotó las
manos y comenzó a caminar hacia el muelle y todos detrás de él—, lo de aquí no
son fantasías sino sueños, vienen y se van, es una demencia, ¡me encanta!
—Jack, no te atrevas, es peligroso. Es muy
inestable.
—No seas aguafiestas, Gio, vamos a
divertirnos, no me vayas a decir que no quieres disfrutar otra aventura con tu
pirata favorito.
—Esto no es el Dolina Kaprys, Jack, esto
es muy serio —reprochaba el sombrero.
—Maese Jackirid, no quiero ser
impertinente, pero creo que el sombrero tiene razón.
Matías escuchaba en silencio, con miedo de
siquiera preguntar. Llegaron al muelle y lo pasearon hasta el final, Jackirid
observaba el mar de nubes amorfas con ilusión infantil y malicia añeja. Sonrió
para sí.
—¿Podrías dibujar un paisaje como este,
amigo mío? —le pasó la mano por el hombro a Veher.
—Por supuesto, tal vez un poco más bonito
incluso —contestó este con propiedad.
—No te atrevas a mancillar esta belleza
con tus libertades… aunque sé que tienes razón.
—A mí me parece aterrador —dijo Gio—,
Jack… no lo hagas, por favor.
—Matías, ¿no crees que para escribir la
mejor historia de tu mundo lo mejor es vivir grandes experiencias y
experimentar cosas que más nadie haya experimentado?
Matías no dijo nada, seguía anonadado,
Jackirid miraba el lugar hechizado.
—Pero por grande que sean las experiencias
—prosiguió el mago en un tono descaradamente persuasivo— no hay nada peor que
quedarse solo, solo, soliiiiito en un
lugar tan impredecible, que no tienes idea de cómo funciona y pensar, además,
que hayan unos sujetos buscándote je, je,
je… quién sabe con qué propósito.
—¿A mí? —preguntó Matías aterrado.
—Al menos eso deduzco, porque lo que es a
nosotros nunca nos buscan con esa diligencia, a pesar de que ya me he metido en
varios problemas —miraba atentamente la fluctuación de nubes cercanas—,
definitivamente no sería buena idea que te quedaras solo y menos por estas
tierras, ¡no, no, no!, mala, mala idea.
—¿Qué pretendes, Jack? —preguntó Gio con
tono aprensivo.
—Nada, mi buen Boshi —se rió—, sólo
advierto a nuestro nuevo amigo de lo impredecible que es el Bárbarah y que no
debería quedarse solo porque puede pasarle algo malo y mucho menos aún si tiene
intenciones de regresar a su mundo, ¿tengo o no tengo razón?
—Razón tienes, lo que no me agrada es tu
repentino y sinuoso tono amigable.
—No, pues, yo sólo digo —rió de nuevo, se
quedó mirando fijamente un lugar en el mar de nubes, una estaba desapareciendo,
salió una nueva de un extraño color azul con rojo y negro, lo señaló con el
dedo mientras aún sostenía a Veher por el hombro—, me gusta ese color, ¿crees
que podrías replicarlo Veher?
—¿Cuál, maese Jackirid? —Veher se acomodó
para ver mejor.
—¡Veher, no! —gritó el sombrero.
Pero fue demasiado tarde, Jackirid lo
empujó hacia la nube y este cayó directo.
—¡Maldita sea, Jackirid! —gritó Gio.
—¡Vamos allá! —exclamó Jackirid, se echó a
reír y saltó a la nube.
Matías vio la escena sin saber qué hacer,
miró alrededor, solo de nuevo… o no tan solo, a un lado de la montaña vio
aparecer algunas de las figuras de negro: guerreros. Recordó lo que le acababa
de decir Jackirid, miró la nube a la que había saltado el mago, miró a los
hombres correr hacia donde estaba él mientras sacaban sus armas.
—¡Coñísimo de la madre!
Y saltó.
VI
A Freddy, Jonathan, Juan José y Jeanna.
En ese orden.
El
descenso fue sutil, como nadar pero aún más ligero. Primero hubo mucha bruma,
un montón de formas a medio pensar y medio iniciar, colores de todo tipo pero
principalmente tonalidades oscuras, sonidos ahogados e imprecisos. De pronto
tocaron lo que parecía ser el suelo, se sentía poco firme, se mantuvieron cerca
unos de otros.
De pronto se comenzó a disipar la bruma y
comenzaron a tomar formas varias cosas aunque nada minucioso y en colores poco
habituales: un bote de basura, un callejón, la acera, la calle, el cielo verde
y las nubes moradas, un vecindario mínimo de edificios, tres, uno incierto,
otro irrelevante y el último más lógico.
—Rob me dijo —susurró Jackirid— que los
sueños son una representación del subconsciente del soñador, todo lo que hay
forma parte de su mente y de él mismo o algo así, que lo mejor es no alterar
mucho las cosas del sueño porque puede despertar.
—¿Y si despierta qué pasa? —preguntó
Matías esperando lo peor.
—Nos jodemos —respondió Gio con rabia.
Matías tragó pesado.
—Lo mejor será mantenernos con cautela —dijo
Jackirid tomando asiento en una suerte de banco que apareció junto al edificio
incierto.
—Lo mejor habría sido no saltar para acá —reprochó
el sombrero.
—Creo que inevitablemente íbamos a hacerlo
—dijo Matías— cuando salté habían salido unos guerreros.
—Tranquilo, Gio —habló calmado Jackirid— a
cualquier cosa extraña Veher rápidamente hará un portal a la cantina de Rob y
nos vamos. Pero mientras —se recostó de la pared del edificio— disfrutemos del
espectáculo —miró a un lado y a otro, todo estaba quieto— si es que llega a
suceder algo, claro… ¡oh, por supuesto!, mira, ahí viene un sujeto… ¡Hola!
Un sujeto muy brillante pasaba por allí,
saludó a Jackirid con cierta indiferencia.
—Cálmate, maldita sea, harás que nos maten
—le reprochó Gio.
—No
quiero perderme de nada —dijo Jackirid, sacó el bastón, dijo unas palabras, la
punta del bastón brillo y una ola azul golpeó suavemente los ojos del grupo y
sentados, comenzaron a ver lo que parecía ser el punto de vista del soñador —,
¡vaya!, funcionó…
Steward se miró en el espejo, tenía pintada la cara de
blanco, de negro en el área de los ojos y los labios, como un blackmetalero,
estudió su maquillaje un rato, ¿habría dormido así?, no estaba mal, la verdad,
tal vez iría a grabar un video… o no. Se lavó las manos y salió del baño.
—Están buenas —le dijo Eduard mientras le daba
un mordisco a la empanada de pollo y cazón, tenía su típico traje de hacer las
rondas—, ¿quieres otra?
—Para llevar —respondió
Steward.
Sentados en el
pequeño quiosco frente al edificio incierto miraron hacia el edificio más
lógico, el edificio irrelevante estaba en el medio pero más al fondo, la
formación describía una pequeña plaza entre los tres edificios. A Steward le
llamó la atención la escalera zigzagueante que subía por la pared izquierda del
edificio más lógico –la que daba con la plaza-, centró su atención,
específicamente en el segundo piso.
Fue con Eduard,
se pararon frente a la puerta del apartamento que daba con la escalera.
Entraron, recorrieron la pequeña sala, miraron todo el lugar sin prestar mucha
atención, finalmente llegaron a la habitación principal, intensos haz de luz,
que escapaban de la gruesa persiana vertical tras las amplias puertas de
cristal que definían la pared de la derecha, dibujaban un patrón a rayas de luz
y sombra en toda la habitación. Y en la cama, en necrológica sensualidad, yacía
inerte el cuerpo de Rebecca, como si durmiera. Vestía una camiseta blanca y un
pantalón negro. Los hombres miraron satisfechos el cuadro, volvieron sobre sus
pasos y fueron a la cocina, Steward sacó un par de cervezas de la nevera, le
dio una a Eduard, se sentaron a la pequeña mesa de mármol que separaba la sala
de la cocina. Steward dio un trago largo:
—Aaah… está buenísima —dijo.
—Sí… —dijo
Eduard, bebiendo un trago también— y la cerveza también.
Se
carcajearon. Steward sacó sus empanadas que pidió para llevar y comenzó a
comer, Eduard se fue.
Steward estaba
sentado en la escalera, frente al apartamento de Rebecca, vio llegar a Marta,
recordó haberla llamado la noche anterior para que fuese a ver el caso. Marta
estuvo un momento parada frente a la puerta, como esperando por alguien,
Steward fumaba inclemente. De pronto Eduard llegó a toda prisa al piso, miró a
Marta:
—Ejm… Hola, yo —señaló a la puerta—, ya estoy encargado de este caso.
Marta lo miró
de arriba bajo.
—Lo siento, no
trabajo con aficionados —se acercó a la puerta para abrirla.
Eduard, con
aire altanero saca una tarjeta de su jersey y se la entrega a Marta, ella la
revisa, era un cupón de descuentos para donas y rosquillas en una tienda
cercana, miró con interrogación y confusión a Eduard, este se encogió de
hombros con indiferencia e hilaridad, Marta le reviró los ojos con hastío:
—Ay, por
favor, Eduard, fuera de aquí.
Eduard se rió
y se fue. Marta entró al apartamento y Steward tras ella, comentándole que fue
él quien la llamó y requirió de sus servicios. Ella se dispuso a revisar la
casa en busca de pistas, miró la escena de Rebecca. Marta interrogó un rato a
Steward:
—Sí, éramos
amigo, yo fui el último en verla, fue aquí mismo.
—¿Ah, sí? —inquirió
Marta sospechando algo.
—Sí, como te
dije, era mi amigo —contestó nervioso—, la vine a visitar como de costumbre.
Estuvimos hablando un rato, luego fui a lavarme la cara —señaló su cara, aún
pintada como blackmetalero— y cuando regresé estaba ahí muerta.
Marta pareció
creerle, y comenzó a recoger sus cosas.
—Bueno,
gracias por su colaboración, no quiero molestarlo más.
—Oh, no es
molestia, ¿no quisiera tomar algo?
—¿Tomar algo?
—Sí, un jugo,
una cerveza, ¿algo?
—Lo siento,
pero…
—Iré al grano,
Marta, eres una mujer hermosa y quiero ver hasta dónde puedo llegar con usted.
Marta lo miró
incrédula… luego deseosa. Se besaron y se tocaron con desenfreno un buen rato,
se acostaron junto al cuerpo de Rebecca. En un momento Steward se levantó y fue
al baño de la habitación a lavarse la cara, Marta fingía dormir, sintió llegar
a Steward y lo miró por primera vez sin el maquillaje blackmetalero.
—¿No tenías
pintura en la cara?
—Me parece que
no…
Marta meditó
el asunto un momento, luego le restó importancia. Se levantó, se arregló y se
fue. Steward se acostó y abrazó al cadaver… enamorado.
Pasan los
días. Eduard comienza a visitarlo en las mañanas con empanadas y una caja de
cigarrillos. Marta comienza a visitar en las tardes el apartamento para seguir
investigando y cubriendo la escena. Steward, enamorado, sigue pasando las
noches con el cuerpo de Rebecca, que no deja de irradiar belleza y no se pudre…
que se mantiene bien conservado.
Una noche
escucha unos ruidos en el apartamento, nota que el cuerpo ya no está en la
cama. Siente un celaje pasar por el baño, va a revisar: nada. Mira a la cama,
el cuerpo sigue ausente. Siente otro celaje, del cuarto a la sala, esta vez le
pareció notar una larga cabellera, como la de Rebecca; sale con cautela,
cuidadosamente se asoma a la cocina, ahí estaba, de espaldas, la cola de
caballo, la camiseta blanca y el pantalón negro. Luego de un instante terminó
por ignorar el asunto y se fue a dormir.
Al día
siguiente, la misma rutina, la visita matutina de Eduard. Marta llegó un poco
más tarde que de costumbre, llevó una botella de vino y un par de copas, Marta
ignoró por completo la ausencia del cuerpo, así que bebieron y se emborracharon;
a la media noche Steward despierta solo, nuevamente, escucha ruidos en la
cocina, así que se levanta y sale, vuelve a observar a la figura de espalda,
larga cabellera, camiseta blanca y pantalón negro, esta roba las copas que
Marta había llevado temprano, él corre, la figura se gira, no es Rebecca, es un
hombre, sin meditarlo mucho golpea fuertemente a Steward en el rostro…
—Muchachos, atentos —dijo Jackirid
levantándose—, Veher, prepárate.
El hombre
corre a la puerta y sale, Steward va tras él.
Jackirid comienza a pronunciar el hechizo
y todos pierden la visión del punto de vista de Steward. Miran al edificio más
lógico y allí estaba corriendo, un hombre de melena, con camiseta blanca,
pantalones negros y dos copas en las manos y Steward tras él. El lugar estaba
comenzando a temblar. Veher comenzó a pronunciar rápido sus palabras, pero se
trancaba y pronunciaba mal algunas de ellas, la punta del pincel se encendía y
se apagaba.
—Será mejor que te apures, Veher —dijo
Jackirid algo serio.
—¿No querías aventuras, pues? —le dijo
Gio.
El hombre bajaba las escaleras a gran
velocidad, tiró las copas a la planta baja, del lado de la plaza, estas cayeron
firmes y sin romperse, Steward no podía seguirle el paso. El lugar temblaba
más, Veher aún no podía crear el portal. Matías miró a su alrededor buscando
soluciones, se palpó los bolsillos, sintió la hoja de papel y el lápiz.
—¡Apúrate, maldita sea! —exclamó Jackirid.
—¡Jack!, —habló Matías— ¿eres capaz de
borrarme la memoria al menos unos treinta o cuarenta segundos atrás?
—¡Qué te pasa, muchacho?, ¡acaso no ves
que…
—¡Coño de la madre!, ¿puedes o no puedes?
Steward de pronto estaba en la cornisa del
edificio irrelevante, caminando errante, era un piso quince más o menos. Cada
vez temblaba con más fuerza.
—¡Mierda, ese loco nos va a matar! —exclamó
Gio
—¡Jack, puedes hacerlo? —exclamó Matías
con desespero.
—¡Sí, sí!
—¡Bien! —Matías miró a Steward caminando
por la cornisa—, Jack, cuando yo te entregue esta hoja me borras la memoria de
cuarenta segundos y lo destruyes sin mirar su contenido, ¿entendido? —Jackirid,
perplejo, no dijo nada— ¡Entendido?
—¡Sí, sí, dale!
—Espero que funcione…
Matías bosquejeó algo en la hoja y
escribió algo a velocidad mientras Jackirid preparaba el hechizo, dobló el
papel y se lo entregó, la punta del bastón brilló y la posó como pudo en la
cabeza del muchacho, este se desmayó, Veher lo auxilió, comenzaron a caer unos
escombros del edificio incierto, el edificio irrelevante comenzaba a
resquebrajarse, Jackirid comenzó a romper el papel en pedazos sin verlo,
Steward se tropezó y comenzó a caer.
—Yo sabía esa vaina… —dijo Veher como
resignado, negando por lo bajo. Pero a su lado se abrió lo que parecía ser un
portal— ¡Mierda!
—¡Salta! ¡Salta! —le gritó Jackirid,
corriendo hacia el portal.
Veher haciendo acopio de fuerza, cargó,
como pudo, al desmayado Matías y brincó al portal, Steward se precipitaba hacia
el suelo, Jackirid saltó, a un instante del choque… la nube azul con rojo y
negro desapareció del mar del Dolina Snova y en su lugar apareció una nueva
nube de color rosa. Y un grupo de guerreros, ajeno a cualquier suceso onírico,
vigilaba el muelle.
Epílogo al despertar
Steward
despertó agitado. La habitación estaba casi oscura, una delgada cortina filtraba
la luz exterior. Tiró la vista a la cama donde se había acostado Eduard, no
estaba, sólo vio algunas botellas de cerveza, la caja de cigarrillos. Supuso
que su amigo estaría en el baño o habría salido a hacer algo. Encendió un
cigarro y lo fumó sentado al borde de la cama, esperando a Eduard. Cavilando,
no podía perdonarse a sí mismo haber traicionado a su amigo como lo hizo y que
aun así este lo perdonara, sentía que no merecía su amistad. Qué grande, qué
amigo. «Mejor que te la gozaras tú y no otro, al menos el asunto queda entre
nosotros, ¿no?» Le había dicho Eduard, «Hermano, pero Rebecca… coño… de verdad
que no me lo perdono» se lamentaba Steward, «No te mortifiques, viéndolo de
otra forma, tú me ayudaste a descubrir a esa desgraciada, si no se iba contigo
se iba a ir con otro y ahí sí iba a hacer yo mi buen papel de cabrón, si ella
de verdad hubiera sido verdaderamente una buena mujer no te habría buscado
fiesta», «Y si yo hubiera sido un buen amigo no la habría dejado seguir
adelante»… y así continuó la conversación hasta la catarsis.
Steward fumaba sintiendo el peso de la
conciencia, este episodio marcaría un antes y un después en la amistad, ahora
se esforzaría más que nunca en cuidar esa amistad de años. Dio una calada al
cigarro, y dos y tres, aspiraba profundo y exhalaba largo. A su espalda emergió
de las sombras una figura, empuñando en lo alto un larguísimo cuchillo,
«Hermano» escuchó Steward, se giró y antes de siquiera notarlo recibió al menos
unas treinta puñaladas.
Cuando la gente del hotel notó el fuego
que salía de la habitación 6-B, Eduard ya se encontraba a por lo menos unos
diez kilómetros sin intenciones de detenerse ni de volver atrás. Una nueva vida
lo esperaba en el horizonte mientras fumaba un cigarrillo y cantaba un Bolero infernal ♪♫Chocan mil fierros y se retuercen, crecen
las llamas en mis techos, vuelan mis balas perdidas, vuelvan perdidas… porque
no te encuentran♪♫…
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