La mujer reposaba en el pecho fornido
de aquel aventurero, no tenía idea de que esa primera infidelidad de su vida la
estaba cometiendo por vez décima, mucho menos llegaría a imaginar que esa
primera vez se iba a repetir muchas veces más, pero es que ¿quién era ese
hombre?, ¿cómo podía saber tanto de ella, de sus gustos, de sus puntos
débiles?, ¿cómo podía ser tan diferente? No parecía simplemente venir de otras
latitudes, parecía más bien de otro mundo, de otra realidad.
Luego de un rato, el hombre despertó, se colocó su pantalón y sus
zapatos que eran su única indumentaria. La mujer, aún desnuda, lo miraba desde
la cama cubierta precariamente con una sábana, inspeccionaba los tatuajes que
cubrían la espalda, los brazos y el pecho del hombre, este, mientras tanto, se
acomodaba un poco la melena para ponerse su pañoleta.
—¿Volverás? —preguntó suavemente la mujer.
Él se giró, la miró con calidez por un instante, le dio un pequeño beso.
—Siempre volveré —le dijo finalmente.
—¿Por qué no me llevas contigo? —preguntó ella con ánimo—, odio este
lugar, odio a mi marido, odio todo, llévame contigo, sé que es muy pronto para
decirlo, pero me siento enamorada…
—Lo siento… es complicado…
—¿Por qué?, no nos tomará nada, sólo desaparecer y… —en ese momento se
escuchó la puerta de la casa abrirse, la mujer se asustó y habló rápidamente en
voz baja—, ¡mi marido, rápido, escóndete!
—No me esconderé —habló el hombre tranquilo.
—¡Qué?, ¡Ed, por favor!, ¡que está armado! ¡Si nos ve nos matará a los
dos!
—Bueno, en parte esto es tu culpa por haberte casado con un tipo que después
vaya a quererte matar.
—¡No me eches la culpa! ¿Cómo mierdas iba a saberlo?
—¡Pero si hasta tiene una pistola! ¡Qué más pruebas necesitas?
«¡Cariño! —se escuchó la voz de fondo—, ¿será que esta noche quieres…» la
puerta de la habitación se abrió, el marido calló, miró a Ed, observó el cuadro,
sus ojos ardieron de rabia y sin decir nada se giró y corrió en dirección a la
sala, Ed tras él y la mujer envuelta en su sábana también salió del cuarto.

