Veher
intentaba explicarle a Jackirid en donde vio al muchacho, pero el mago, entre
la emoción y el desespero casi no dejaba hablar a su amigo, por lo que la
explicación fue poco útil y la conversación se desarrolló torpemente, hasta que
Veher, resignado, dijo «Maese Jackirid,
olvídelo, no perdamos más el tiempo, ya abro el portal», el mago esbozó una
sonrisa pícara, como si hubiese escuchado lo que quería.
«¡Apártense!»
exclamó Veher; Jackirid dio un paso atrás con aire digno, el cantinero detrás
de la barra observaba todo el cuadro, sin inmutarse y hasta con cierta
indiferencia, mientras limpiaba por enésima vez un vaso de vidrio. Veher sacó
de su camisa un pincel, susurró unas palabras, la punta de pincel comenzó a
brillar, dibujó unos símbolos en el aire, de pronto un hoyo negro con destellos
azules apareció delante de ellos haciéndose cada vez más grande, una brisa
inusitada y muy fuerte inundó el lugar, el cantinero seguía impertérrito,
indiferente, cruzó miradas con Jackirid, «¡Maese
Jackirid! ¡Vámonos!» gritó Veher; Jackirid, en el duelo de miradas, logró
arrebatar de la barra la botella de ron de la que estaba bebiendo antes de que el
cantinero pudiera, siquiera, acariciarla con los dedos «¡Ya te pagaré, buen hombre! ¡Nos veremos pronto!» dijo Jackirid
levantando su botella a su salud, se giró, caminó con paso firme y saltó al portal, Veher fue
tras él y luego de un instante el portal se cerró.
La brisa cesó, el cantinero maldijo por lo
bajo a Jackirid por hacerse ido sin pagar… de nuevo. Mientras tanto en el rincón
menos iluminado de la taberna, se dibujaba una silueta oscura sentada con un
sombrero de ala ancha de medio lado, de gesto inclemente y mirada felina, con un único trago
servido desde hacía un par horas sin haber sido probada una sola gota de su
contenido en todo ese rato. «Creo que ya
vi suficiente» se dijo a sí mismo. La figura se levantó, se bebió el trago
a fondo, dejó tres monedas en la mesa y caminó con paso tranquilo hacia la
salida, mientras encendía un cigarrillo.
Dolina Snova
Matías Pisac
I
El
muchacho caminaba por el paraje insólito con gran temor, el lugar era oscuro,
lúgubre, sin luz de sol ni luz de luna, sólo una inusitada y siniestra aurora
boreal verde que recorría lo que parecía ser el cielo… pero ¿qué cielo era
ese?, ¿dónde estaban las estrellas?, ¿dónde estaban las nubes?, él no sabía
nada de astrología, ni podría nunca guiar su rumbo por el mapa celestial, pero
reconocer los luceros le habría brindado alguna calma o al menos eso quería
creer. Miró sus manos, una pelota de papel en blanco y un lápiz «¡Genial!, justo lo que necesito para
sobrevivir», pensó con sarcasmo, los guardó en un bolsillo. Siguió
caminando, tratando de comprender el lugar, buscando resquicios que le
indicaran en dónde demonios estaba, nunca había visto un suelo como ese, no era
tierra, grama ni nada que conociera, era todo como de una especie de cera
verde pero muy brillante a los reflejos de la aurora boreal, lucía bastante
voluble. A los lados se elevaban sendas montañas escarpadas del mismo material
del suelo, no era su intención subir ninguna de las dos y ponerse en riesgo
inútilmente, así que la garganta sería su camino, hacia adelante o hacia atrás,
aunque no sabía cuál era el adelante o el atrás, pero ya había iniciado su
marcha y prosiguió sin siquiera mirar atrás.
Después de un buen rato caminando, notó
que no sentía cansancio alguno, cosa que le resultó extraña y notó también que
las montañas a su lado estaban dibujando un descenso, un final, esto lo
emocionó y no sabía por qué, ya que igual no tenía idea de lo que le depararía
el nuevo paisaje, supuso que sería la sensación de culminar con una parte del
recorrido. Cerca del final notó que en el horizonte se alzaban de manera
vertical varias rocas delgadas, alargadas y muy altas, de unos cuatro o cinco
metros por lo menos, el lugar parecía un bosque, maldijo por lo bajo «¡Perfecto!, ¡y con ustedes, señoras y
señores, el laberinto de rocas!» exclamó y oyó su eco rebotar. Tomó una
piedra del suelo de tamaño mediano y dibujó una X en el suelo que indicaría por
dónde iniciaba su camino, esto le confirmó su percepción de que el suelo era
como de cera, las rocas también eran de este material, entonces se adentró en
el bosque piedra en mano, marcando las rocas para no perder el camino de
regreso en caso de ser necesario.
Intentaba mantener una única dirección,
pero no se sentía seguro sobre si de verdad avanzaba, comenzó a sentir una
inquietud, más allá del asunto de haber aparecido repentinamente en una tierra
desconocida, una sensación que le incomodaba muchísimo, como si lo estuvieran
observando, llegó a una roca, le marcó una X y se quedó allí un momento,
mirando en derredor, el camino de regreso era poco claro, buscó la roca que
había marcado antes, con dificultad la encontró, y notó algo que no fue muy
alentador, se acercó y vio que su marca estaba borrándose, se turbó y trató de
buscar la roca anterior a esa, peor aún, no encontró nada, la marca de dónde
estaba ya estaba casi borrada por completo, vio cómo iba curándose, arrojó con rabia la piedra que tenía en la mano; tiró la vista al camino hacia atrás a ver si lograba divisar
en lo alto las montañas, pero las rocas no le permitieron ver nada.
Trató, a su suerte, de tomar el camino de
regreso, quizá rodear el bosque resultaría mejor idea, ¿por qué no lo pensó
antes? Se recriminó. Caminó con rumbo perplejo, inquieto por la sensación de
ser vigilado; su lado macabro (y masoquista) de escritor lo llevó a pensar que
esa sería una situación interesante de escribir, fantaseó con un camino que
marcara su recorrido, sus propias huellas iluminadas como el camino de oro del
mago de Oz, pero no era momento de fantasías. La inquieta luz boreal resultaba
tenebrosa, el camino era cada vez más incierto, la soledad era abrumadora y el
desamparo, escabroso.
Luego de deambular un rato decidió
sentarse a descansar, aunque no sentía cansancio. Se miró, estaba descalzo, por
suerte el lugar no era rústico. Era extraño, no percibía el paso del tiempo, a
pesar de tener mucho rato deambulando sentía como si no hubiera pasado ni un
minuto. De repente, un largo y levísimo destello apareció en el suelo a unos
quince o veinte pasos de él, algo hacía rebotar la luz de la aurora boreal del
suelo a las rocas y resplandecía verde y amarillo. No tenía idea de qué pudiera
ser, pero en ese punto sentía que cualquier cosa, por ínfima que fuera, podía
ser su pase para salir de ese laberinto; sintió con mayor énfasis que lo
observaban, pero eso no lo detuvo, reptó con cautela hacia el lugar de dónde se
desprendía la luz. Notó que el destello se alargaba
en una dirección en particular, pero mientras más cerca estaba de él brillaba menos, se dio cuenta de ello, así que decidió mantenerse a
distancia y seguir el camino en paralelo. Fue entonces que se levantó y comenzó
a caminar, viendo al frente y al fulgor de manera alternada, evitando perder el camino, de pronto,
a lo lejos y frente a él, vio un punto, blanco, luminoso, como el de una
linterna, el camino parecía ir en esa dirección así que no lo pensó mucho y
comenzó a correr hacia allá.
Ya
cerca se ocultó tras una roca e intentó visualizar mejor, el punto luminoso
flotaba en lo que parecía ser… ¡Sí!, las afueras del bosque, podía ver en la distancia las montañas, la sensación de que lo observaban se
sintió con mayor fuerza, lo que fuera que estuviese vigilándolo estaba allí
afuera, a pesar de todo no se sentía amenazado tal vez por la esperanza, pero
no se sentía seguro tal vez por lo desconocido. Caminó con cautela, cuando
estuvo a unos tres metros de la luz flotante esta desapareció, el camino que tenía al
lado no dejó de brillar e iba en la misma dirección, así que salió.
Aún se sentía observado, a pesar de que el
lugar estaba despejado, miró hacia donde estaba el camino que brillaba y se
acercó, eran huellas humanas, pero eran lisas, doradas, pulidas, del tamaño de
su pie más o menos, miró bien el recorrido, trazaban un camino que iba recto y
luego a alguna roca, recto de nuevo y otra roca; era el recorrido que había
hecho y la marca, ya lo había olvidado pero recordó, era tal y como lo que
había imaginado, como el camino del mago de Oz pero con sus pasos, se agachó
para tocar una de las huellas, acercó su mano muy lentamente, cuando estuvo a
punto de tocarla desapareció, igual el resto del camino, se sorprendió
muchísimo y se levantó de un brinco, miró a un lado y al otro, nada… nadie… al
parecer, tocaría rodear el bosque, no estaba en sus planes –si es que tenía
alguno- perderse, de pronto escuchó unas palmadas como aplausos detrás de él:
—¡Sorprendente!, ¡de verdad me has
impresionado! —dijo una primera voz— Y créeme que eso no es muy fácil de hacer.
—¡Ay, por favor! —bufó una segunda.
El muchacho se giró y asustado cayó
recostado a una roca y allí, delante de él, estaba un hombre de traje con un
sombrero y un bastón, detrás de este otro hombre con un atuendo como de ¿pirata?,
¿navegante?...
—Sombrero imbécil, no me hagas quedar mal
delante de nuestro inesperado invitado.
—Ya lo harás tú mismo, supongo.
El muchacho dejó escapar un grito al ver
que el sombrero había hablado.
—¡Quiénes son ustedes?, ¡qué quieren de
mí?, ¡no tengo nada!
—¡Ja!
¡Qué placer!, no eres mudo —dijo Jackirid con gusto.
—Ya asustaste al muchacho —dijo el
sombrero.
—¿Yo?, en mi experiencia a tu lado, amigo
mío, las veces que alguien se ha asustado al verme han sido cuando tú has
hablado.
—¿Cuándo yo he hablado?, lo siento, pero
no soy yo quien se le aparece de la nada a las personas.
—Las veces que lo he hecho eso has estado
conmigo y el susto ha sido mayor cuando hablas.
—Maese Jackirid, el muchacho va a tener un
ataque de pánico, será mejor que haga algo.
—¡Oh, sí!, lo siento mucho —dijo Jackirid,
volviendo su atención al chico de nuevo—, ¿dónde están mis modales?, me presento, ¡soy
Dux Jackirid! Y espero, por tu bien, que eso diga lo suficiente. Este sombrero
parlanchín —toqueteó el sombrero con su bastón— es mi infiel y desleal amigo
Gio Boshi… puedes decirle Gio…
—Ni se te ocurra, niño —interrumpió el
sombrero con displicencia— y sobre lo de infiel y desleal, sólo diré que: el que
avisa no es traidor, tenlo en cuenta…
—¡Ya basta! —increpó Jackirid serio y
luego sonrió—, y este poco agraciado caballero de acá, es el increíblemente talentoso
Veher Spotprenttekenaar…
El muchacho estaba atónito, sin saber qué hacer
y sin entender nada.
—Pero le puedes decir Veher —completó
Jackirid, mientras Veher hacía una pequeña reverencia—, el resto de la
tripulación te la presentaré luego.
—¿Tri-tripulación?
—¡Vamos, muchacho!, levántate —le tendió
la mano, el joven dudó un instante, pero la tomó y se levantó, Jackirid lo
examinó de arriba bajo con alta curiosidad, casi como si fuese un experimento—
¿Y tienes nombre o algo?
El muchacho miró fijo a Jackirid, sin
decir nada.
—¿No?, ¿nada? —el muchacho ni se inmutaba—,
bien, entonces te llamaré Carrancanclán de mierd…
—Me llamo Matías —lo interrumpió, Jackirid
sonrió—, Matías Pisac.
—Y ya te perdiste la oportunidad de
escucharlo decir una grosería —comentó el sombrero con cierta indiferencia,
Jackirid hizo un gesto con de “ignóralo”.
—Perdón, pero... ¿Matías? —Jackirid estalló en
carcajadas a la mirada indigesta de Matías— ¡Qué clase de nombre es ese? —más
carcajadas, Veher se tapaba el rostro con la mano—, bueno, ehm… Matías… ¡Jajajajaja!
—¿Qué es este lugar? —preguntó el muchacho
con seriedad, mirando a su alrededor—, ¿en dónde estoy?
Jackirid dejó de reír, pero mantuvo una
sonrisa siniestra.
—Bien, Matías, sígueme.
—¿Por qué debo hacerlo?
—No lo hagas si no quieres y pierde la
única oportunidad de tener respuestas —Jackirid emprendió marcha hacia el
camino entre las montañas y Veher tras él—, ¡y de volver a casa, por supuesto! —se
carcajeó nuevamente.
Matías miró al singular trío irse por la
gran garganta y en su nueva soledad sintió el hórrido y aplastante peso del
desahucio.
II
—Soy estudiante de letras—respondió
Matías.
—¿Eres escritor? —preguntó Veher.
—Bueno, hago el intento. Sonaría vanidoso
de mi parte decir que sí.
—¡Ja!, lo dices como si fuera algo malo —lo
increpó Jackirid.
—Pues, no está bien ser arrogante, ¿no?
Digo, hay que ser humilde, la gente egocéntrica es de lo peor.
—Oh, no… —rechazaron Gio y Veher
instantáneamente casi preocupados.
—¿Qué dices, niño?, ¿qué problema tienes
con eso? —preguntó Jackirid como ofendido.
—Aquí va de nuevo… —dijo Gio con
resignación.
—Es que la gen… —trató de explicar Matías.
—¡Por favor! —le interrumpió Jackirid—,
qué inocencia, por eso mismo seguirás intentando ser escritor y nunca llegarás
a serlo de verdad.
—Pero es que…
—¡Nada!, si no te visualizas a ti como el
mejor, créeme que ni tus personajes te tomarán en serio aunque los escribas
adorándote.
—Pero es que eso que dices es más bien un
asunto de autoest… —Matías se sentía abrumado.
—¡No me vengas con esa tontería de la
autoestima!, no hay nada más aborrecible que un egocéntrico falso, para eso
prefiero a un humilde hipócrita, aunque de preferir sería matarlos a los dos,
ambos son despreciables. Ya lo vi todo, tú vienes de ese mundo
en el que les enseñan que el ego es malo, que lo importante es la humildad, lo
que haces por los demás y lo que esta supuestamente estas cosas te hacen
sentir, y es curioso que quienes enseñan esas babosadas son unos sujetos con
muchísimo poder, que ni se preocupan por lo que te pase a ti o a las personas
que estén a su alrededor y no es que esté en contra de eso, yo no me preocupo
nunca por nadie, pero me molesta muchísimo que la gente talentosa, que me
agrada y de la que puedo aprovecharme sean manipulados por esos cerdos
enmascarados; Matías, si te vas a dejar manipular, por favor, que sea por
alguien al menos sea honesto, ¡como yo! —Jackirid rió.
—Pero… yo no quiero ser manipulado por
nadie.
—Y sigue… —volvió a comentar el sombrero.
—¡Oh, Mashta!, —dijo Jackirid mirando al
cielo con fingido pesar y abriendo sus brazos— qué inocente creatura has traído
a mis dominios. Verás, Matías, toda la gente que enaltece y honra la humildad
son producto de la manipulación, en tu mundo te han hecho creer que no es así y
te acostumbraron a pensar que lo que es humilde es bueno, pero no te dicen
nunca para quién es bueno, te puedo asegurar que esa cosquillita que sientes
cuando ayudas a alguien sin, supuestamente, ningún interés se esfuma sin
remedio cuando no te dan ni las gracias, pero aumenta muchísimo cuando recibes
el clamor de un público… cree en mí, joven escritor, sólo tu ego te salvará, no
esperes que el ego de otro lo haga.
—Contrólate —le dijo Gio a Jackirid con
cierta autoridad—, sólo es un muchacho, dale tiempo.
—El asunto es que puedes ser un
egocéntrico silencioso que actúa con inteligencia y saca provecho de todo —le
guiñó un ojo— o un humilde ingenuo que responde a la manipulación y que es
explotado por los…
—¡Basta, Jack! —volvió a increpar el
sombrero.
—Respíralo, muchacho… —dijo Jackirid,
finalmente, con una sonrisa en su rostro, respiró profundo y exhaló— y déjate llevar…
Matías se sumió en sus pensamientos, su
semblante reflejaba la cavilación, pero también se notaba que la reflexión era
sobre temas mucho más complicados, al menos para él: el no saber en dónde estaba, no saber qué pasaba y no saber qué hacer.
Recorrieron un gran trayecto sin cruzar
palabra alguna, hasta que Matías rompió el silencio:
—¿Qué es todo este lugar?
—Este es el Bárbarah —explicó Gio—, es el
lugar donde llegan todas aquellas cosas o ideas que se olvidaron, que nunca
salieron de la mente de su creador o que fueron destruidas y ya nadie las
recuerda.
—¿Eso quiere decir que yo he sido
olvidado?
—Sería lo lógico, creerlo, pero la cosa es mucho más complicada, verás, cuando alguien
olvida algo del otro lado, digamos, de algún mundo real o tridimensional, eso que olvidó llega
aquí al Bárbarah, pero no a cualquier parte del Bárbarah, sino al Dolina
Kaprys.
—¿Dolina Kaprys? —preguntó Matías.
—Podrías llamarlo El valle de la Fantasía —aclaró
Veher.
—Me gusta más Dolina Kaprys —dijo Matías.
—Bien —prosiguió Gio—, en el Dolina Kaprys
están todas las ideas, pensamientos, cosas, llamémosle fantasías, que algún ser
real llegó a pensar y que por cualquier razón fue olvidada.
—Supongo que es un caos, entonces.
—No realmente, el Dolina Kaprys se abre
como un mar infinito, donde cada fantasía está en la superficie, cada una es
como una especie de lámina con forma de hexágono hecha de no sé qué cosa
etérea, parecen como hechas de nubes. Cada fantasía es de un color distinto y
donde termina una comienza la otra.
—Creo que sólo entiendo la mitad de lo que
me explicas, pero continúa, por favor.
—Tú que eres escritor —habló Jackirid—,
supongamos que una noche estuviste pensando en una aventura para tu personaje y
te pareció genial que se perdiera en un bosque de rocas —Matías lo miró con desprecio—,
imaginaste a tu héroe entrando al bosque y luego le aparece un lobo con cola de
serpiente, entonces piensas «¡Oh,
Matías!, esa es una gran idea, será la mejor aventura de bosques de todos los
tiempos, mañana escríbela y luego tendremos el mundo a nuestros pies»,
entonces te acuestas a dormir sin tomar nota de nada, al día siguiente te
levantas, vas a lo tuyo que es escribir, vas a desarrollar la idea que cambiará
la historia de la literatura de tu mundo y de pronto ¡PAS! —Jackirid dio una fuerte palmada que despabiló a todos—, idea
olvidada, borrada de la memoria —gesticulaba con las manos—,
inexistente por completo, sólo recuerdas que tuviste una idea el día anterior,
que la ibas a escribir, que ibas a marcar un antes y un después en el universo,
pero nada, olvidado por completo. ¡Pues, resulta, que esa idea llegó aquí, al
Bárbarah!, específicamente al Dolina Kaprys y está por allí flotando en un
hexágono de material de nubes de quién sabe qué color.
—Pfff…
mierda… y pensar que todo este asunto es hasta una buena idea para escribir —dijo
Matías con cierto pesar.
—¡Esa es la actitud! —dijo Jackirid satisfecho—,
estás metido en un asunto del que no tienes ni idea de cómo salir, pero tú ves el potencial literario de la situación, ¡y serás comida de orrep si no incluyes mi excelsa
genialidad en tu historia!
—¿Comida de orrep?
—No quieras saberlo —comentó Veher.
Matías se encogió de hombros.
—Ahora, supongo que no caí en el Dolina Kaprys
porque yo no soy una fantasía, ¿cierto? —esto último lo preguntó con cierto
temor existencial.
—Nosotros mismos no imaginamos ni creímos
nunca que éramos ffansios, hasta que salimos de nuestra fantasía —comentó
Veher.
—¿Ffansios? —preguntó Matías con
curiosidad.
—Los seres salidos de las fantasías se
llaman ffansios —dijo Gio.
—¿Y yo… —Matías, con temor, tragó saliba—
soy un ffansio?
—Nosotros queremos creer que no —dijo
Veher.
—¿Hay alguna forma de saberlo?
—Yo conozco una forma de enterarnos de
algo —dijo Jackirid—, pero dudo mucho que quieras ponerte a prueba.
—¿Por qué?
—Es un hechizo de destrucción.
—Bueno, mejor olvidemos eso de momento.
Ahora, si ustedes son ffansios, como dijo Veher, y lograron salir de su
fantasía, ¿creen que exista alguna forma de que yo pueda salir de aquí y
regresar a mi mundo?
—Tal vez sí. No lo sabemos, realmente —comentó
Gio.
—O tal vez tú lo sepas, pero aún no te has
enterado cómo —dijo Jackirid.
—¿Y a dónde vamos?
—A la biblioteca de Babel, allí puede que
averigüemos algo —dijo Gio.
—¿La biblioteca de Babel? ¿Cómo la de
Borges?
—No sé quién será ese, pero si ya hay una en tu
imaginario dudo mucho que sea la misma, recuerda, aquí sólo hay cosas olvidadas
—dijo Gio.
—Quizá Borges la imaginó, se le olvidó y
luego la recordó un poco diferente y eso fue lo que escribió —dijo Matías con
cierto ingenio, recordando lo ocurrido en el bosque de rocas.
—Estaría entonces en una fantasía y no
aquí —comentó Veher.
—¿Y ese tal Borges cambió la literatura de
tu mundo de alguna forma? —preguntó Jackirid.
—Yo diría que sí, fue uno de los más
grandes sin duda. El mejor, para mí.
—Pues, habría sido el más grande si hubiese
escrito sobre mí —dijo Jackirid y estalló en carcajadas.
Siguieron caminando en silencio un rato.
De pronto Jackirid se detuvo y le hizo una seña a los demás para que se
detuvieran también.
—¿Qué pa… —Veher le tapó la boca
rápidamente a Matías.
—Cállate —susurró Jackirid.
—Te diste cuenta, ¿no? —le susurró Gio a
Jack, este último asintió.
—Rápido —dijo Jack y todos corrieron y se
posaron junto a la montaña del lado izquierdo, ocultos bajo la sombra de una
roca.
Jackirid sostuvo delante de sí su bastón,
susurró unas palabras en un extraño idioma, de la punta del bastón salió un
leve golpe de energía que los abrazó a todos «No digas nada, estamos invisibles» le dijo Veher a Matías. Jackirid hizo unos movimientos con su bastón, susurrando otra vez en el
extraño idioma, apuntó a una roca que estaba junto a la montaña del lado
derecho, un destello salió del bastón y golpeó la piedra, esta de pronto se
desparramó como derretida, de pronto tomó varias formas, específicamente la de
tres personas, un muchacho y dos hombres, uno de estos con sombrero, Matías entendió
que las formas simulaban ser ellos mismos, las figuras caminaron en la
dirección que llevaban, de pronto cayeron como si se hubieran tropezado con
algo en el punto donde se habían detenido, de pronto en lo alto de las montañas
se asomaron varias siluetas, estas saltaron con peso ligero a la garganta de
las montañas sin hacer ruido, «como en las
películas de kung fu» pensó Matías, se acercaron con cautela a las figuras
en el piso, eran diez, estaban vestidos de negro, «Quédate aquí» le dijo Veher a Matías.
Jackirid, caminó hacia el lugar rompiendo
para sí el hechizo de invisibilidad llamando la atención de los sujetos, Veher
se colocó delante de Matías, sacó de su camisa un pincel, la punta comenzó a
brillar levemente y se dispuso a dibujar algo en suelo.
—¿Se les ha perdido algo, caballeros? —preguntó
Jackirid con impertinencia, sacando de la nada la botella de ron, bebió un
trago de pico y la hizo desaparecer.
Los sujetos lo miraron con rabia, unos
sacaron espadas y otros, dagas. De pronto se abalanzaron hacia él a gran
velocidad y arrojaron dagas, hubo una pequeña explosión de humo en dónde estaba
Jack, cuando se disipó ya no estaba, las dagas quedaron clavadas en el suelo.
—¡No sabía que tuvieran tan mala puntería,
muchachones! —se le escuchó decir, estaba a la retaguardia de los guerreros a
una gran distancia, estos corrieron nuevamente hacia donde estaba él, pero en
una formación distinta, como dibujando un arco, sus armas comenzaron a
desprender pequeños rayos de sus filos.
Jackirid se cuadró con el bastón sobre su
cabeza, Veher había terminado de hacer lo que estaba haciendo y levantó la mano
donde tenía el pincel, que brilló con mayor intensidad, los guerreros iban a
medio camino a gran velocidad, Jackirid se irguió con aire digno y arrogante,
bajando la guardia, los guerreros iban a unos cincuenta metros de él, Veher
hizo una última línea sobre el dibujo, treinta metros, de pronto una oleada de
flechas salió de las paredes de la garganta e interceptaron a la mayoría de los
guerreros, quedando sólo dos en pie, aun corriendo hacia Jackirid, Veher
nuevamente se concentró y comenzó a dibujar unos símbolos en el aire «¡Maese Jackirid!, ¡apúrese!».
—¡Justo!
—decía Jackirid mientras hacía unos movimientos con el bastón— ¡Cuando! —la
punta del bastón comenzó a brillar— ¡Me estoy! —lanzó unos rayos azules a los
guerreros— ¡Divirtiendo! —los sujetos evitaron los golpes del hechizo con sus
armas también cargadas, Jackirid no se lo esperaba— jajaja, qué loco.
—¡Apúrate, coño! —volvió a gritar Veher—,
¡ven Matías, no te alejes de mí!
Matías hizo lo propio. Los guerreros
estaban por flanquear a Jackirid, cuando este corrió por en medio de ambos,
susurrando algo, la punta del bastón volvió a brillar, Jackirid saltó, apuntó
al suelo con el bastón, este liberó un fuerte golpe de energía con una nube de
humo que cubrió a los guerreros y Jackirid fue impulsado por la explosión, cayó
a unos metros de Matías y Veher, este último terminó el dibujo en el aire y se
abrió un portal, Jackirid corría con desenfreno.
—¡Rápido, Matías!, ¡salta! —dijo Veher
señalando al portal, Matías dudó— ¡Apúrate!
Los guerreros corrieron a toda velocidad
hacia ellos y en las orillas de las montañas comenzaron a aparecer más que descendían
a la garganta, Matías vaciló un instante y saltó al portal, Jackirid iba
corriendo y cuando saltó, en el último instante, se le cayó Gio, Veher no lo notó y saltó también al portal, este comenzó a cerrarse «¡Maldito, Jackirid!» gritó el sombrero mientras una centena de
guerreros se acercaban a toda velocidad, de pronto un brazo salió del portal
recuperando al sombrero del suelo y cuando terminó de pasar el último milímetro de él el portal se cerró. Los guerreros llegaron al vacío sin poder hacer
nada.
De pronto, se hacía un espacio entre la
multitud, un sujeto que caminaba con paso firme y soberbio, lucía un sombrero
de ala ancha de medio lado, de gesto inclemente y mirada felina. Miró debajo de donde, hasta
hacía un momento, hubo un portal, y vio, casi borrado, un dibujo de las
montañas disparando flechas en las gargantas, una inscripción debajo del dibujo
y una gran línea debajo de esta inscripción. «La próxima vez no tendrás tanta suerte, Jackirid…», se dijo a sí
mismo.


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