martes, 17 de enero de 2017

La puerta del Bárbarah



Una hoja de papel hecha pelota rodó hasta debajo de la cama, allí se juntó con otras más que hacía tiempo contaban la historia de cómo fueron rechazadas por el entusiasta escritor novato que moraba en esa habitación; una de las hojas se lamentaba, particularmente, por haber sido rechazada sin siquiera tener una letra escrita.
     El muchacho se levantó de su asiento, caminaba de un lado a otro frente al escritorio observando casi con rabia la hoja en blanco que allí reposaba. Las musas se habían ido a pasear y se culpaba de haber olvidado alguna idea que consideraba buena para el desarrollo de la historia, todo gracias a la pereza de tomar notas cuando el sueño hace mella y la cama está más cómoda. Intentaba recordar cómo era que resolvía el problema del capitán en el burdel, el destello la noche anterior le había parecido genial, no lo recordaba cómo era pero podía apostar a que era genial.
     Finalmente, y con gran pesar, decidió dejar la aventura del capitán así por ese día. Se sentía muy cansado. Y ese ejercicio de casi masturbar su imaginación para recordar algo que había olvidado ya no le hacía gracia, especialmente por el hecho de que no era la primera vez que le pasaba, sumado a la rabia que tenía porque sentía que su historia podía estar mucho mejor de no ser por ese pequeño inconveniente.
     Ya acostado, entre la vigilia y el sueño, casi sintió recordar algo, ¿o será una nueva idea?... un conflicto con unos dioses... o un monstruo… ¿o todos?... no está malesta vez voy a tomar nota… tomaría nota… ¿nota de qué?... de eso… hay un papel en blanco debajo de la cama… el lápiz está en la mesita de noche… voy a anotar… anotar… ¿qué cosa voy a anotar?…

     Repentinamente sintió un vértigo, una caída onírica y sobresaltado volvió en sí mismo, con un papel hecho pelota en una mano, un lápiz en la otra pero ahora no estaba en su habitación… no, definitivamente esa no era su habitación…





Era una tarde cualquiera
Matías Pisac


… se sintió un fuerte temblor, se escuchó el rugir de varios truenos y toda la gente del lugar entró en pánico y corrieron en busca de la salida. El mar se veía crecer, pero perder esa nave en particular no era opción; el viento arreciaba, el cielo se iluminaba y el mar se agitaba incesante, se escuchó una estruendosa y profunda voz proveniente de la nada decir «¡Eres hombre muerto, Jackirid!», ya había escuchado eso en tantas ocasiones como para creer que esta vez sería la definitiva. La decisión, aunque estúpida, era clara, navegar con el universo en contra hacia las islas de Archa. La tripulación, siempre leal, correspondió al llamado suicida y arribaron la nave robada con su buen capitán, que recibía con alegría los insultos y amenazas; eso era lo que quería escuchar, pues no hay nada más letal que un marinero furioso navegando con tiempo loco… le hizo una seña al cantinero con la mano y continuó relatando la aventura, con pericia de trovador, al sombrero de copa que reposaba en la barra… «La vela del palo principal se rasgaba al viento tóxico mientras el mar embravecía con mayor furia, la tormenta fantasma era aún más letal a cada segundo que transcurría mientras los tentáculos del Gothort se asomaban y los rayos rojos coloreaban las nubes de sangre en tronadora melodía. Mi tripulación, aguerrida y resteada, preparaban hechizos en medio de la premura mientras me maldecían a toda voz por haber desatado la furia del dios del viento, el dios del trueno y haber despertado, sin querer, a ese inédito primigenio. Admito que lo de retar a los dioses fue una insensatez…», tomó el trago seco e hizo señas al cantinero para que le sirviera otro trago, «… ahora, respecto a lo del primigenio, en mi defensa puedo decir, que esa mujer me engañó, pues a juzgar por su tono susurrado y el constante secretismo, podría haber apostado mi sombrero que se refería a otra cosa cuando me habló de despertar a un monstruo y que con el poder de nosécuál hechizo iba a durar más de lo habitual; no me juzgues, la oferta era tentadora; y no es que hubiera estado antes con ella, de hecho ni siquiera la había visto en toda mi vida, pero dado que mi precoz problema es de dominio público no se me hizo para nada extraño que ella quisiera pasar un buen rato con mi mástil –tosió con sarcasmo– de dominio femenino, ya sabes, resolviendo el problema con un poco de magia».
     —Jack, nunca me apuestes y menos si es por una mujer –habló el sombrero.
     —Sólo es juego.
     —¿Y, cuéntame, qué ocurrió luego?
     —Obviamente nada, la tipa sólo quería aprovecharse de mí para despertar al bicho.
     —Hablo del viaje en el barco robado, idiota.
     —¡Ah, sí!, eso… nada, un choque de egos, los dioses no se pusieron de acuerdo en quién iba a matarme, cada uno quería la gloria de haber acabado conmigo, ¡Ja!, ¡y se terminaron matando entre ellos!, y yo sin mi fiel sombrero, te podrás imaginar cómo me sentí halagado viendo a ese par de diosecitos de tercera peleándose por mí, ¡no cabe la menor duda, estoy por encima del nivel dios! –bebió el trago y golpeó la mesa con el pequeño vaso pidiendo más– y pues, sí, desde entonces el océano Lalu se encuentra en constante caos por los choques entre el viento envenenado, los rayos de sangre y mi infinita genialidad.
     —¿Y el Gothort?
     —Terminamos dándole cacería, como dije, era un primigenio inédito, me parece que no tenía mucho tiempo, fue fácil debilitarlo con La gesta de la perdición.
     —Un hechizo poderoso en manos de un narcisista descontrolado…
     —Sin embargo, me pregunto qué clase de lunático lovecraftniano estará del otro lado creando estos monstruos semi-dioses horribles, indescriptibles y repletos de tentáculos, tienen hasta su séquito de adoradores… Rob –le hizo seña al cantinero para que le sirviera otro trago–… no sé para qué pierden su tiempo adorando a alguien que no sea yo.
     —La verdad no debería extrañarte tanto, ya sabes cómo son las cosas aquí.
     —Por supuesto, todos son unos malagradecidos que tienen la dicha de tenerme acá y no tienen la más mínima decencia de rendirme pleitesía.
     —Me refería a lo de los monstruos.
     —Ps… seh… ahora cualquier infeliz se duerme pensando en monstruos y se levanta tranquilo sin recordar nada para exclamar al sol matutino «¡que llegue un nuevo y hermoso día en mi miserable vida de olvidos!» –apuró el trago y pidió la botella–, «¡la gente del Bárbarah que se puuuudraaaaa!».
     —Jack… creo que deberías parar el trago un momento… además, sabes que del otro lado no tienen ni idea y ni se les ocurre que este lugar existe.
     —¡Para naaaada, que no bebo desde la última vezzzzz, esta mañana! Y al otro lado son idiotas, ¿es que acaso nunca van a preguntarse para dónde se van las tonterías que se les olvidan? –se tocó la cabeza frenéticamente con un dedo–, pierden unas estúpidas llaves y se vuelven locos buscándolas por todo el mundo, pero pierden una idea genial y qué importa, que se puuudraaa, ¡para qué tener ideas, si los que las tuvieron ya construyeron el mundo!
     —Vamos, Jack… es que aunque se lo llegaran a preguntar, ¿cómo crees que podrían dar siquiera con una remota idea del Bárbarah?
     —¡Sombrero idiota!, ¡nuestro amado Mashta fue capaz de crearnos enteros a ti, a mí, al resto de la tripulación, todas las tierras que navegamos y las aventuras que vivimos!, –bebió un trago largo de pico– ¿acaso él no habría sido capaz de tener la imaginación suficiente para comprender este mundo o incluso crearlo o replicarlo mil veces mejor?
     —Mashta fue alguien muy especial, Jack, lo sé, uno en un millón y aunque él hubiera podido imaginar al Bárbarah si hubiese querido, dudo mucho que nadie más del otro lado pueda hacerlo.
     —Por favor, Gio, no seas ingenuo, no es tan difícil, si yo aquí mismo me he preguntado para dónde se van las tonterías que se me olvidan, ¿acaso tú te has preguntado eso, Gio?...
     —Eh… bueno, eso…
     —¡Dime, Gio!, ¿sabes adónde se van?
     —Obviamente no, Jack, nadie lo sabe…
     Jackirid se irguió solemne.
     —¡Pues yo lo sé! ¡Y te lo diré, amigo mío! –bebió un trago largo–, ¡aaah!, ¡señooor sombrero!, ¡oh, gran sombrero, maestro!, las cosas que se nos olvidan se van a…
    
     En ese momento sonó un fuerte estruendo, la puerta de la taberna fue abierta de par en par a la vez que entraba Veher, este se dirigió agitado al mago pirata:
     —¡Maese Jackirid!, ¡Maese Jackirid!, ¡la puerta ha sido abierta!, ¡y ha llegado alguien del otro lado!
     Jackirid se paró de un salto e increpó a Veher.
     —¿Estás hablando en serio, Veher? –se le encimó con aire amenazador–, más te vale no estar jugando conmigo.
     —¡Lo juro por mis pinceles, Maese Jackirid!, ¡es un muchacho!
    
     Jack esbozó una sonrisa un tanto macabra y estalló en carcajadas; se calzó a Gio en la cabeza, con un chasquido cambió su atuendo de pirata a un elegantísimo traje de etiqueta y un bastón apareció en su mano:

     —¡Manos a la obra, amigo mío! ¡Que las musas nos descubran trabajando!

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